Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Por Gonzalo Hernández Araujo

El descuento del camión se acabó. La ciudad, no

El primer año de mi máster en Montbéliard tenía tarifa de estudiante para el autobús. El segundo año, por edad, dejé de calificar. No podía pagar el abono anual al precio completo, así que hice lo obvio: usar menos el camión.

Lo que no era obvio es lo que pasó después.


Caminar, no encerrarme

Empecé a caminar más. Descubrí una ruta de regreso de la Facultad a la casa que iba junto a las vías del tren —la hice varias veces, sobre todo cuando el clima estaba "doux", templado, de esos días en que caminar es un gusto y no un trámite. Nadie me indicó esa ruta. Apareció porque tenía que encontrar cómo moverme sin depender del horario del camión, y la ciudad tenía por dónde.

Eso es lo que quiero dejar claro antes de seguir: perder el descuento no me aisló. Me obligó a usar la ciudad de otra manera, y la ciudad respondió. Había una vía peatonal segura y razonablemente corta entre la escuela y la casa. Eso no es un detalle menor — es la condición sin la cual toda esta historia sería distinta. Si esa ruta no hubiera existido, o hubiera sido peligrosa, o hubiera cruzado una avenida sin cruce peatonal decente, la limitación de transporte sí me habría encerrado.

El súper también cambió

La misma restricción reordenó dónde compraba. Para las cosas de último minuto iba los sábados por la tarde al Match, que me quedaba más a mano. Cuando tenía tiempo de planear con calma, al Lidl. Dejé de ir al Leclerc — sencillamente ya no me convenía la logística. No fue una decisión de precio ni de marca, fue una decisión de qué tan lejos y qué tan a pie me quedaba cada opción.

Es un detalle pequeño, pero dice algo que casi nunca se nombra cuando se habla de transporte: restringir cómo te mueves no solo cambia tus trayectos, cambia qué tiendas existen para ti. La geografía comercial de una ciudad —cuál súper es "tuyo"— depende tanto del precio como de qué tan caminable o accesible es llegar ahí.

El descubrimiento que valió más que el descuento perdido

Lo mejor de esa segunda año no fue ninguna de las dos cosas anteriores. Fue el restaurante del CROUS, el comedor universitario. Bueno, barato, bien equilibrado, con dos tipos de menú —uno más de comida rápida, otro más "a la francesa"— y el agua que uno mismo se servía de una jarra en cualquiera de los dos casos. El ticket costaba 1.40 euros, esto en 2006. Había que salir temprano para ganarle a los preparatorianos que llegaban a la misma hora —esa carrera silenciosa por la mesa se volvió parte de la rutina— pero a cambio me ahorraba tiempo y dinero: ya no tenía que salir corriendo a la casa a prepararme algo rápido y volver corriendo a clase. Y de paso, comía con mis compañeros del máster en lugar de comer solo contra el reloj.

La cafetería, aparte, era otra cosa por completo: independiente del restaurante, con sus propios precios y su propia comida. Ahí, y solo ahí, se podía tomar una cerveza a la hora de la comida —dentro de la universidad—. Dos espacios, dos lógicas, y ninguno de los dos con prisa por cerrarte la puerta a media tarde.

Si me hubieran preguntado en su momento qué perdí al quedarme sin el descuento del camión, habría dicho: dinero y comodidad. Visto desde ahora, lo que gané fue una rutina entera —caminar, el CROUS, la sobremesa con los compañeros de máster— que nunca hubiera tenido si el descuento hubiera seguido cubriéndome cómodo el trayecto en camión.

La pregunta que me hago pensando en San Luis Potosí

No sé si esta historia se puede repetir aquí, y esa es exactamente la pregunta que me interesa. No es "¿hay CROUS en San Luis Potosí?" —obviamente no, y no se trata de importar una institución francesa. Es algo más simple: cuando a alguien aquí se le complica el transporte —le suben la tarifa, le cancelan una ruta, ya no le alcanza para el camión diario— ¿la ciudad tiene un plan B que se pueda caminar con seguridad, o la limitación de transporte se convierte directamente en aislamiento?

Sé que tuve privilegios que otros estudiantes en México no tienen, y por eso no quiero dejar la pregunta en el aire. He hablado con gente que se las vio negras siendo estudiante aquí, sin los apoyos que sí hay en Francia —que no es perfecta, también tiene carencias, pero allá quien quiere salir adelante no está tan solo como aquí, donde de verdad hay que hacerlo por cuenta propia y como Dios, en minúsculas, le dé a entender a cada quien. Caminar bajo el sol o el frío para ahorrarse el pasaje. Salir muy temprano, volver muy tarde de la escuela a la casa. Con suerte, una comida al día —a veces una lata de atún porque no alcanzó para más. De ahí, en broma pero no tanto, sale lo de ser "estudihambre".

Esa es la respuesta a mi propia pregunta, y no es la que yo viví. En mi caso, la ciudad absorbió el golpe de perder el descuento y hasta me dejó mejor: caminar, el CROUS, la sobremesa con los compañeros de máster. Para otros, aquí, la misma clase de golpe no tiene ese colchón debajo. La diferencia no es de carácter ni de ganas de salir adelante —de eso sobra en ambos lados—. Es que una ciudad puede estar diseñada para que la limitación de transporte te obligue a descubrir algo, o puede estar diseñada para que simplemente te cueste el doble de lo que ya te costaba.

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