Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Por Gonzalo Hernández Araujo

El arte no sirve para embellecer. Sirve para coordinar atención.

En mayo, en un viaje a Medellín, subí las escaleras eléctricas de la Comuna 13. Seis tramos, instalados en 2011 dentro del Proyecto Urbano Integral del barrio, que sustituyeron una subida de más de 350 escalones y redujeron a minutos un trayecto que antes tomaba buena parte de la mañana cargando el mandado. A los lados, murales que cuentan desplazamiento, la Operación Orion de 2002, resistencia, vida cotidiana. El recorrido lo narra un vecino o un artista del barrio, no un folleto: el Graffitour convierte los muros en un archivo público de memoria.

Lo que se me quedó no fue la foto bonita. Fue que ahí, en el mismo kilómetro, conviven dos cosas que casi nunca se piensan juntas: una mejora funcional que se puede medir, cuánto tarda alguien en subir a su casa antes y después, y una transformación simbólica que ninguna cifra captura del todo, memoria, voz, identidad. Las escaleras resuelven un problema de movilidad. Los murales resuelven algo distinto y sin embargo caminan de la mano. Eso me dejó una pregunta más grande de la que salí a buscar: ¿para qué sirve el arte, en realidad, más allá de que se vea bien en una postal?


1. El arte no vale sólo por lo que produce afuera. Vale por volver compartible lo difuso.

La revisión más filosófica que encontré separa tres niveles de la pregunta: el valor intrínseco de la experiencia estética, la función instrumental de una obra concreta y las condiciones políticas que deciden quién puede crear, ver o financiar arte. Aristóteles ya distinguía, en la Poética, que la tragedia combina imitación, placer, emoción y aprendizaje sin reducirse a una sola cosa. Siglos después, John Dewey desplazó la pregunta del objeto aislado hacia el arte como experiencia: una interacción intensa entre una persona y su entorno que intensifica y vuelve significativo lo vivido. (Stanford Encyclopedia of Philosophy, "Dewey's Aesthetics")

Es justo lo que hace un mural en la Comuna 13 que no podría hacer un párrafo enciclopédico sobre la Operación Orion. El dato duro, cuántos muertos, cuántos desplazados, se lee y se olvida en cinco minutos. Una pared pintada por quien vivió el desplazamiento, narrada por su hijo o su vecino en un recorrido de 40 minutos, convierte ese dato en algo que se puede sentir, recordar y compartir con un extraño que llegó esa misma mañana. El arte no añade información nueva ahí. Le da forma a algo que ya existía pero que era difícil de transmitir de otro modo.

2. El bienestar que produce el arte es real, pero depende de quién puede entrar.

La evidencia más sólida que encontré no dice que el arte cure por sí mismo. Dice que la participación artística, cuando es accesible y sostenida, se asocia con mejoras moderadas en bienestar subjetivo, autoestima y conexión social. Una revisión sistemática de 2024 sobre programas de Arts on Prescription encontró justo eso: mejoras cuantitativas y beneficios cualitativos como confianza y sentido de logro, pero también programas con barreras físicas, socioeconómicas y psicológicas, y muestras poco representativas. (Jensen et al., "The impact of arts on prescription on individual health and wellbeing") La revisión de la Organización Mundial de la Salud, que sintetizó más de 3,000 estudios, llega a una conclusión parecida: hay un papel relevante de las artes en salud, pero los diseños de investigación son tan distintos entre sí que hablar de "el arte" como si fuera un tratamiento uniforme es un error de origen. (OMS, "What is the evidence on the role of the arts in improving health and well-being?")

Esa condicionalidad es justo la tensión que se respira caminando la Comuna 13 hoy. El barrio es más seguro, tiene más ingreso por turismo y una identidad de la que sus habitantes hablan con un orgullo que se nota, no se actúa. Pero el mismo éxito que atrajo tours, cafés y tiendas de artesanía puede subir rentas y desplazar a quien no tiene cómo capitalizar la fama del barrio. El arte no reparte sus beneficios de forma automática ni pareja. Los reparte según quién ya tenía la posición para aprovecharlos.

3. El arte educa la percepción, pero no promete lo que promete el discurso de campaña.

Otra idea que se repite mucho, sobre todo en política cultural, es que el arte mejora automáticamente el rendimiento académico o la inteligencia general. Una revisión de estudios cuasiexperimentales y experimentales encontró beneficios reales en competencias cercanas a la práctica artística misma, pero evidencia limitada para el salto hacia matemáticas, memoria o desempeño escolar más amplio. (Schneider y Rohmann, "Arts in Education: A Systematic Review of Competency Outcomes")

No lo leo como mala noticia. Lo leo como una corrección de expectativas: el arte enseña a percibir, interpretar, colaborar y expresar, y eso ya es mucho. Pedirle además que resuelva la educación básica es la misma trampa que pedirle a un mural que resuelva la pobreza de un barrio: cuando la promesa es demasiado grande, la decepción llega disfrazada de "el arte no sirvió", cuando lo que no sirvió fue la expectativa.

4. El arte es infraestructura de memoria, y por eso mismo puede ser capturado.

Este es el hallazgo que más conecta con lo que vi en Medellín. La cultura y las expresiones artísticas contribuyen a identidad, pertenencia y memoria, por la misma razón por la que son atacadas, censuradas o instrumentalizadas: quien controla el relato controla parte del poder. La UNESCO advierte algo incómodo al respecto: la misma fuerza que produce identidad y significado puede usarse para propaganda, discurso de odio o destrucción de la diversidad cultural. (UNESCO, "Overcoming barriers to peace through culture") El derecho a participar en la vida cultural, reconocido por Naciones Unidas, no es un adorno legal: protege justo la posibilidad de que sea la comunidad, y no sólo el gobierno o el mercado, quien decida qué memoria se cuenta. (ONU/OHCHR, "The right to take part in cultural life")

Los murales de la Comuna 13 nacieron de eso: vecinos y artistas del barrio contando su propia versión de lo que pasó ahí, sin que nadie más se las escribiera. Es memoria hecha por quien la vivió, no por quien la administra. El riesgo, y es el mismo que documentan las fuentes, es que el éxito turístico convierta ese archivo de memoria en espectáculo: que el mural deje de ser la voz del barrio y se vuelva fondo de foto. Caminando el Graffitour no sentí eso. Sentí más bien lo contrario, orgullo genuino de contar su historia. Pero es una tensión que no se resuelve una vez, se sostiene todos los días.

5. La utilidad económica del arte es real, y la pregunta que importa es quién se la queda.

La OCDE documenta el peso real del sector cultural y creativo: en 2018 representaba, en promedio, 7% de las empresas y 2.2% del valor agregado bruto empresarial en países miembros. También documenta lo que ese dato no captura: innovación, identidad, redes, bienestar, cosas que el precio de una entrada no registra. (OCDE, The Culture Fix) La guía conjunta con el Consejo Internacional de Museos identifica contribuciones reales a turismo, regeneración e identidad territorial, junto con un riesgo igual de real: que los proyectos culturales terminen desplazando a la población o a los propios artistas que los hicieron posibles. (OCDE-ICOM, Museums and Local Development)

Esa es exactamente la tensión que un vecino de la Comuna 13 podría explicarte mejor que cualquier informe: las escaleras eléctricas benefician de forma evidente a quien vive ahí, suben o bajan igual sea o no temporada alta. El turismo, en cambio, es un beneficio que hay que repartir a propósito, con reglas, o se concentra sólo. Que el barrio se haya convertido en un modelo de urbanismo social y no sólo de "embellecimiento" no fue un accidente estético. Fue que la mejora funcional llegó primero, y la económica se construyó encima sin sustituirla.

6. Mi conclusión, después de cruzar todo esto: el arte no decora la mejora, la hace memorable.

Antes de este viaje habría dicho que "el arte sirve para embellecer" es una frase inofensiva. Ya no lo creo. Es la frase que usa quien justifica gastar en arte sólo si sobra presupuesto, después de resolver lo "de verdad importante". La Comuna 13 muestra lo contrario: las escaleras resolvieron un problema de movilidad que se puede medir en minutos, y eso sólo hubiera bastado para llamarlo un buen proyecto de infraestructura. Los murales hicieron algo que ninguna escalera puede hacer sola: le dieron una historia que contar a esa mejora, un motivo para que un extraño quisiera subir y bajar esos mismos tramos aunque no viviera ahí. Sin el arte, la Comuna 13 tendría mejor movilidad. Con el arte, además tiene una razón para que el mundo la recuerde por algo distinto a la violencia de los noventa.

Esa es la regla que me llevo, aplicada a cualquier proyecto, no sólo a un barrio: la parte funcional resuelve el problema. La parte artística decide si alguien más, además de quien ya vive ahí, va a querer entender por qué importaba resolverlo.


No volví de Medellín con la respuesta cerrada a para qué sirve el arte. Volví con una pregunta más útil que la que llevaba: no si una obra embellece algo, sino si vuelve memorable algo que ya valía la pena, y quién termina quedándose con lo que esa memoria genera.

Notas y fuentes

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