Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Por Gonzalo Hernández Araujo

El futuro no lo decide quien lo va a vivir. Lo decide quien se presenta.

En 2016, el Reino Unido votó por salir de la Unión Europea. La decisión se tomó por una diferencia estrecha y después se contó como «la voluntad del pueblo», una fórmula que suena más completa de lo que realmente fue.

El pueblo que votó no era todo el pueblo. Era la parte que se registró, llegó a la casilla y marcó una opción.

Las estimaciones posteriores encontraron una brecha conocida: las personas jóvenes tendían a preferir permanecer en la Unión Europea y las mayores eran más proclives a votar por salir. También encontraron que las primeras participaron menos.

La frase «los viejos decidieron el futuro de los jóvenes» tiene fuerza. También se queda corta.

Una decisión puede afectar más años a quien tiene menos edad. Pero una democracia no pondera el voto por años de vida restantes. Cuenta la participación. Quien no se presenta entrega peso político a quien sí llegó.


1. Brexit no fue sólo Leave contra Remain

Brexit suele recordarse como una guerra cultural entre dos palabras cortas. Leave contra Remain. Soberanía contra integración. Britain contra Brussels.

Todo eso estuvo ahí, pero la votación comprimió demasiadas cosas en una sola casilla: migración, desigualdad regional, desconfianza hacia las élites, pérdida de control, memoria imperial, empleo, educación y la sensación de que alguien más había decidido las reglas de la vida cotidiana.

Cuando una elección ofrece dos botones para responder a diez problemas distintos, el resultado se vuelve una identidad. Ya no importa sólo qué política quieres. Importa qué clase de persona eres si aprietas el botón contrario.

Ahí empieza la polarización que más cuesta corregir. No la que separa dos propuestas, sino la que convierte una propuesta en una prueba de pertenencia.

2. La edad no es el problema. El horizonte temporal sí

El voto de una persona mayor no es menos legítimo. También tiene derecho a decidir, también paga impuestos, también trabaja, cuida, recuerda y vive las consecuencias de una política.

Pero una decisión de alto impacto puede durar más que el horizonte político de una parte del electorado. El Reino Unido no votó sólo sobre un trámite institucional. Votó sobre oportunidades de estudiar, trabajar, viajar, comerciar y vivir en otros países durante décadas.

La diferencia importa porque los incentivos no están repartidos de la misma manera. Quien tiene menos años por delante puede estar más expuesto a cambios de vivienda, empleo, clima, pensiones, deuda, migración o guerra. Quien tiene más experiencia puede tener más razones para votar, más hábito, más estabilidad y más claridad sobre cómo participar.

No hace falta llamar egoísta a una generación para reconocer que la democracia tiene un problema de horizonte.

El sistema toma decisiones con consecuencias largas usando una participación que se renueva con dificultad y una rendición de cuentas que suele llegar cada cuatro o cinco años.

3. No votar no es neutral

La explicación cómoda es que los jóvenes fueron apáticos. Puede haber algo de eso. También puede haber inestabilidad laboral y residencial, estudios, dificultades para registrarse, desconfianza, poca representación política o la sensación de que el voto no cambia nada.

La abstención no aparece de la nada. La produce una mezcla de condiciones y decisiones.

Pero entenderla no significa volverla inocente. No votar no es abstenerse del resultado. El resultado sigue llegando a tu casa, a tu trabajo, a tu renta y a tu derecho a moverte. La no participación no suspende la política; deja más peso relativo a quienes sí participan.

Ésta es la parte incómoda para cualquiera que prefiera explicarlo todo como una injusticia ajena: los jóvenes no causaron solos la brecha, pero tampoco pueden reclamar que su futuro fue decidido por otros sin preguntarse qué hicieron con la oportunidad de participar.

La democracia no sabe cuántos años te quedan por vivir una decisión. Sabe si llegaste a la urna.

4. La polarización encuentra ese hueco

Una sociedad puede estar dividida por un conflicto real y, aun así, tener actores que aprendan a sacarle provecho.

La migración en Europa puede involucrar vivienda, empleo, asilo, seguridad e integración. También puede ser convertida en una frontera moral entre «la gente de aquí» y «los de afuera». Cuando eso ocurre, la política deja de preguntar qué medida funciona y empieza a preguntar de qué lado estás.

El avance de la derecha radical no se explica sólo por manipulación. Hay preocupaciones materiales, errores de gobierno, cambios demográficos, pérdida de confianza y conflictos culturales. Lo que hacen algunos partidos es empaquetar todo eso en una identidad que ofrece un culpable visible y una recompensa inmediata: pertenecer al grupo correcto.

El problema es que el culpable visible rara vez es quien controla la vivienda, los salarios, la infraestructura o la capacidad administrativa. La discusión se queda en la frontera moral mientras las decisiones materiales pasan por otro lado.

5. Una pelea real puede ser aprovechada desde fuera

Brexit también dejó abierta otra pregunta: la posible interferencia rusa en el debate y en el referéndum.

El informe del Intelligence and Security Committee británico documentó la amenaza rusa y cuestionó que el gobierno hubiera investigado adecuadamente la posible interferencia. Eso no demuestra que Rusia haya causado el Brexit ni que una operación extranjera haya sustituido a los votantes británicos.

La diferencia entre esas dos frases importa. Una potencia puede intentar explotar una fractura sin haber creado la fractura. Puede sembrar dudas, amplificar desconfianza o empujar narrativas que ya encuentran público. También puede fracasar.

Lo mismo ocurre con otros casos que suelen meterse en el mismo saco. Ucrania y Rusia no son una simple guerra de narrativas: hay invasión, violencia, territorio y una asimetría de responsabilidad que no se puede borrar hablando de «ambos bandos». Cataluña tiene un conflicto territorial e histórico propio; cualquier investigación sobre contactos o campañas externas debe añadirse a esa historia, no reemplazarla.

La pregunta útil no es «¿quién inventó el conflicto?». Es «¿qué actor encontró una grieta existente y qué hizo con ella?».

6. El futuro puede quedar fuera de la conversación antes de quedar fuera de la urna

Hay una forma de distracción que no necesita un algoritmo ni una campaña de desinformación. Basta con que una parte de la población crea que la política es inútil, que todos los partidos son iguales o que ya habrá otra oportunidad.

Mientras tanto, otra parte participa con más regularidad y convierte sus prioridades en la definición práctica de lo que cuenta.

Eso ayuda a explicar por qué ciertas conversaciones parecen dominadas por personas que no van a vivir la mayor parte de sus consecuencias. No necesariamente porque estén conspirando. Porque están presentes.

La participación también es una infraestructura. Si falla, alguien más ocupa el espacio.

Por eso las decisiones sobre vivienda, deuda pública, pensiones, clima, transporte, educación, guerra o migración no deberían analizarse sólo por quién gana la discusión. Hay que preguntar quién tiene la capacidad de influir, quién no está participando y qué mecanismos existen para corregir el resultado.

7. Una auditoría para cualquier voto de alto impacto

Antes de repetir que «la gente decidió», conviene preguntar:

1. ¿Quién podía votar y quién quedó fuera por edad, registro o condición legal?
2. ¿Quién participó realmente y qué grupos se abstuvieron?
3. ¿Qué conflictos distintos fueron comprimidos en una sola pregunta?
4. ¿Quién ganó votos, dinero o capacidad de actuar al convertirlos en una identidad?
5. ¿Qué consecuencias pueden revertirse y cuáles se heredarán durante décadas?

La cuarta pregunta abre la puerta a la interferencia extranjera, a los algoritmos y a los partidos. La primera y la segunda recuerdan algo menos emocionante: una decisión también puede inclinarse porque una parte del electorado no llegó.

El futuro no se roba sólo desde arriba

Es tentador contar Brexit como una historia en la que las personas mayores robaron el futuro de las jóvenes. Es una frase eficaz, pero no explica todo.

El futuro también se entrega cuando quienes van a vivirlo no participan. La apatía puede tener causas estructurales. La desidia puede tenerlas personales. En ambos casos, el resultado político es parecido: otros deciden.

No se trata de culpar a los jóvenes ni de invalidar el voto de las personas mayores. Se trata de dejar de confundir el derecho a votar con la obligación de que el resultado tenga un horizonte justo.

Una democracia puede ser legal y, aun así, producir decisiones intergeneracionalmente torcidas.

El futuro no lo decide quien más años tiene por delante. Lo decide quien se presenta, quien organiza y quien consigue que su preocupación parezca la preocupación de todos.

La pregunta final no es quién nos está dividiendo. Es quién está participando mientras los demás explicamos por qué ya no vale la pena hacerlo.

Notas y fuentes

← Volver al archivo