Gonzalo Hernández AraujoNotas e investigaciones

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Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Fue como renunciar a mi trabajo

En junio de 2006 me avisaron que me habían concedido una beca del Programa AlBan de la Unión Europea. Las clases empezaban en septiembre. Tuve que dejar a mis clientes encargados de un día para otro. Ahí empezó la carrera para tramitar el visado en la Embajada de Francia, conseguir los boletos de avión, resolver la admisión en la universidad y encontrar dónde vivir.

La beca era una buena noticia. También era un problema logístico.

No sólo tenía que decidir si me iba. Tenía que ver qué pasaba con lo que llevaba para cada cliente, quién podía continuar los encargos, qué quedaba pendiente y cómo explicar que yo ya no estaría disponible. Mientras resolvía el visado y buscaba alojamiento en Francia, había personas en México que esperaban algo de mí.

Fue como renunciar a mi trabajo.

Veinte años después, todavía lo cuento así. Trabajaba por mi cuenta, por lo que en sentido estricto no estaba renunciando a un puesto. No tenía que entregar una carta ni pasar por una entrevista de salida. Pero sí estaba dejando una parte organizada de mi vida. Había clientes, compromisos, horarios, ingresos y una forma de presentarme ante los demás. La palabra que encontré para explicar todo eso fue «renunciar».

1. El trabajo también es una fuente de identidad

Cuando digo que dejé a mis clientes encargados, la frase puede sonar administrativa. Como si hubiera pasado los datos de acceso, enviado un correo y marcado una tarea como terminada.

No fue exactamente así.

Un cliente sabe que estás ahí. A veces te escribe para pedirte algo concreto. A veces espera que recuerdes un detalle que no aparece en ningún documento. Hay una continuidad que se va construyendo entre entregas, conversaciones y pequeños problemas resueltos. Aunque trabajes por tu cuenta y no tengas un contrato laboral, puedes ocupar un lugar en la operación de otra persona.

Eso también es trabajo.

No sólo por el ingreso. El trabajo organiza horas, crea relaciones, te da una rutina y produce una respuesta para la pregunta que aparece tarde o temprano: «¿a qué te dedicas?». Cuando alguien pregunta a qué me dedico, «soy freelance» me sirve de respuesta. Dice cómo me gano la vida y cuenta algo de cómo he querido vivirla.

Las dos cosas se mezclan con facilidad. El trabajo paga una parte de la vida, pero también ocupa espacio dentro de ella. Por eso dejarlo no consiste únicamente en dejar de hacer unas tareas. A veces implica soltar una red de obligaciones y de reconocimiento que se volvió familiar sin que uno la hubiera diseñado de manera consciente.

Una revisión de estudios sobre las funciones del empleo llega a una conclusión parecida: el trabajo remunerado puede aportar estructura diaria, actividad, contacto social, estatus y la sensación de participar en algo común, además del ingreso. La evidencia no dice que todos los trabajos aporten lo mismo ni que perder un empleo tenga una sola causa o un único efecto. Sí ayuda a entender por qué una salida puede doler incluso cuando la persona quería irse.

2. El cartucho

En una entrevista que le hicimos para un trabajo de una materia, mi maestro de e-Business nos dijo que allá afuera, para la industria, uno era un cartucho. Te usaban, te quemaban y te desechaban.

Si la memoria no me falla, además de dar el curso trabajaba como gerente de marketing en una empresa.

La imagen se me quedó. No sé si la frase pretendía ser una descripción precisa del mundo laboral o una manera de preparar a sus alumnos para lo que venía. En cualquier caso, influyó en cómo imaginaba lo que me esperaba si entraba a trabajar a una empresa.

Un cartucho tiene una función concreta. Sirve mientras funciona y después se cambia por otro. La imagen no deja mucho espacio para una historia personal, una relación con los compañeros o un proyecto propio. Sólo hay uso, desgaste y reemplazo.

Yo tomé el camino freelance. No estoy seguro de que lo haya hecho por una decisión completamente razonada. Parte fue rechazo a esa imagen y parte fue la posibilidad de trabajar de una manera que me acomodaba más. Esa decisión me ha traído hasta donde estoy, con sus ventajas y sus costos.

Lo curioso es que, años después, cuando tuve que irme a estudiar, fui yo quien se convirtió en la persona que dejaba un trabajo atrás. No me estaba desechando una empresa. No había un jefe que me hubiera declarado prescindible. Aun así, tuve que interrumpir una relación de trabajo que dependía de mi presencia.

La imagen del cartucho me había hecho pensar en el momento en que una organización deja de necesitarte. La beca me mostró el otro lado: también puedes ser tú quien se vaya y descubrir que irte no te vuelve indiferente a las consecuencias.

3. «Odio mi trabajo» puede querer decir varias cosas

Cuando escucho «odio mi trabajo», pienso en lo distintas que pueden ser las cosas que caben en esa frase.

Puedes disfrutar lo que haces y estar harto del horario. Puedes querer a la gente con la que trabajas y no soportar a quien organiza el trabajo. Puedes estar cansado de vender tu tiempo, de no controlar tus prioridades o de que el puesto se coma todo lo que ocurre fuera de él.

También puedes odiar las tareas. O el sueldo. O la dependencia del ingreso. O la manera en que el trabajo se volvió la principal respuesta para explicar quién eres.

La frase necesita una pregunta después. ¿Qué es exactamente lo que quieres dejar?

La investigación sobre empleo y bienestar sirve para no dar una respuesta demasiado rápida. Un metaanálisis longitudinal encuentra, en promedio, una relación entre desempleo y deterioro del bienestar. Pero otros estudios muestran que el efecto de pasar del desempleo a un empleo depende de la calidad psicosocial del puesto. No cualquier empleo repara lo que el desempleo quitó. Un trabajo con mal trato, poco control y horarios incompatibles con la vida puede resolver el ingreso y empeorar otras cosas.

Las horas también importan, no sólo su cantidad. La Organización Internacional del Trabajo ha documentado que la duración y la distribución del tiempo de trabajo afectan la posibilidad de conciliarlo con la vida fuera del empleo. El problema no siempre es trabajar mucho. A veces es no poder decidir cuándo termina el trabajo o qué parte del día sigue disponible para los demás. El ocio no es lo opuesto al trabajo cuando se entiende como el espacio que permite que la atención se recupere.

Por eso no me convence la oposición entre quienes «aman su trabajo» y quienes «no tienen propósito». A veces una persona no está buscando una vocación. Está intentando recuperar el control de su tiempo. A veces no quiere cambiar de oficio. Quiere dejar de trabajar en esas condiciones.

4. El empleo puede ocupar el lugar del propósito sin serlo

Una de las razones por las que hablamos tanto de propósito en términos laborales es que el empleo concentra varias cosas a la vez. Puede darte una actividad, una rutina, una comunidad, una fuente de reconocimiento y una manera de participar en algo que parece más grande que tus tareas.

Cuando todas esas funciones están juntas, es fácil confundir el puesto con el propósito.

No son lo mismo. Una persona puede vivir su ocupación como sustento, como carrera o como vocación. Incluso dentro del mismo oficio, dos personas pueden darle un significado distinto a lo que hacen. El empleo puede expresar un propósito, financiarlo o simplemente coexistir con él.

El propósito también puede estar en otros lugares: en los cuidados, en una relación, en una comunidad, en aprender algo, en crear, en enseñar. El sueldo puede ayudar a sostener esos espacios sin ser el espacio principal de sentido.

Eso no significa que el trabajo sea irrelevante. Significa que no tendría que cargar por sí mismo con toda la identidad de una persona.

En 2006 mi trabajo tenía un lugar importante en mi vida. Lo veo en el cuidado que puse en dejar los encargos en otras manos. También lo veo en la incomodidad de tener que irme sin saber exactamente cómo seguirían las cosas. La beca abrió espacio para algo que también quería hacer, aunque quedara fuera del trabajo con el que hasta entonces me ganaba la vida.

No me fui porque hubiera descubierto que trabajar no importaba. Me fui porque había otra cosa que quería hacer y, por una vez, podía sostener el costo de intentarlo.

5. No poder renunciar no es falta de valor

Aquí hay una parte de la historia que no conviene esconder detrás de la palabra «decisión».

A los ojos de muchos, yo soy un privilegiado. Estudié en escuelas privadas, estudié dos idiomas y tuve becas en la prepa, la carrera y el máster.

La beca fue importante. También lo fue el contexto que hizo posible aceptarla.

No es lo mismo recibir una oportunidad y poder decir que sí que recibirla y tener que calcular qué pasa con la renta, las deudas, los hijos, los padres a cargo o el siguiente pago. Tampoco es lo mismo renunciar cuando tienes ahorros, una red familiar y un lugar al que volver que hacerlo sin ninguna de esas cosas.

Eso no le quita valor a la decisión, pero sí la pone en contexto.

Cuando cuento la historia, suelo empezar por las decisiones que tomé. En esa ocasión, la beca volvió practicable una de ellas. Para entender cuánto margen tiene alguien para cambiar de rumbo, importa saber qué puede sostener mientras hace el cambio. Ese margen no depende de ser valiente. Depende del dinero, el tiempo, las redes, las alternativas y las responsabilidades de cada quien.

La investigación sobre búsqueda de empleo encuentra que la liquidez puede cambiar cuánto tiempo una persona logra sostener la búsqueda después de perder un ingreso. No es un estudio sobre México, pero la idea se entiende: quien puede esperar tiene más opciones que quien tiene que aceptar lo primero que aparezca para llegar al siguiente día de pago.

Por eso me incomoda la forma en que a veces hablamos de renunciar como si fuera una prueba universal de carácter. Hay personas que no necesitan más valentía. Necesitan más margen.

6. También se puede renunciar sin abandonar el trabajo

Con los años he pensado que «renunciar» no siempre significa dejar de trabajar. A veces significa dejar de aceptar que el trabajo ocupe todo el espacio disponible.

Puedes seguir en el mismo oficio y cambiar el tipo de clientes. Puedes conservar las tareas y negociar otro horario. Puedes dejar un puesto sin abandonar la profesión. Puedes buscar un ingreso distinto para sostener una actividad que no paga todavía. Puedes decidir que el empleo es una parte de tu vida y no su explicación completa.

Nada de eso es sencillo. Tampoco siempre es posible.

Cuando alguien dice que quiere renunciar, quizá conviene preguntar qué espera recuperar: tiempo, salud, respeto, concentración, una relación, una parte de sí mismo. La respuesta cambia lo que significa irse. No es lo mismo escapar de un ambiente que salir de una profesión. No es lo mismo proteger el ingreso que proteger la posibilidad de tener una vida fuera del puesto.

Si la noticia de la beca hubiera llegado sin respaldo, no sé si habría podido decir que sí con tres meses de margen. Probablemente habría tenido que rechazarla, posponerla o convertirla en una deuda distinta. Esa posibilidad también forma parte de la historia, aunque nunca haya ocurrido.

La beca no me liberó de todas las consecuencias. Me permitió elegir cuáles consecuencias estaba dispuesto a asumir.


Fue como renunciar a mi trabajo porque no estaba dejando solamente unas tareas. Estaba dejando una rutina, clientes que contaban conmigo, ingresos, vínculos y una manera de contestar quién era.

También estaba aceptando que lo que soy no tenía que depender para siempre de ese trabajo.

Ahora, cuando escucho que alguien odia su trabajo, intento no adivinar lo que quiere decir. Puede odiar las tareas. El horario. El trato. La dependencia del sueldo. La falta de alternativas. O puede estar buscando un espacio para hacer algo que el trabajo no le dejaba hacer.

El empleo puede ser una parte importante de la vida sin convertirse en toda la vida. Pero para darle un lugar más pequeño hace falta poder obtener en otros espacios lo que a veces concentra el puesto: dinero, estructura, vínculos y reconocimiento.

La pregunta no es sólo qué harías si pudieras renunciar. También es qué necesitas para que irte sea una elección y no otra forma de poner en riesgo todo lo demás.

Notas y fuentes

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