Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones
Hirayama no encontró la felicidad. Encontró un día que podía habitar.
En X me encontré varias versiones de la misma idea: la felicidad está en las cosas pequeñas, hay que querer menos, la rutina es una cárcel sólo si no sabes vivirla. Son frases que tienen la ventaja de caber bien en una imagen. También tienen el problema de que, si las tomas en serio sin preguntar nada más, terminan diciendo cosas bastante crueles.
Porque no es lo mismo querer menos que no poder aspirar a más. No es lo mismo una rutina elegida que una vida donde ya no ves salida. No es lo mismo disfrutar la soledad que tener que aprender a soportarla porque no hay nadie cerca.
Perfect Days, la película de Wim Wenders, parece al principio una confirmación muy bonita de esas frases. Hirayama limpia baños públicos en Tokio. Vive solo. Escucha casetes, lee libros usados, fotografía árboles, come en los mismos lugares. Sus días se repiten. Y, aun así, no se ven como una condena.
Ya había escrito sobre la fotografía, la literatura y la música en Perfect Days. Ahí la pregunta estaba puesta en los objetos y en la forma en que las artes iluminan lo cotidiano. Aquí me interesa moverla un poco: ¿qué hace que una rutina se sienta propia y no como una vida prestada?
La explicación fácil sería que encontró la felicidad en las pequeñas cosas. La película propone algo más útil: encontró un día que podía habitar.
1. Una rutina no es automáticamente una cárcel
El día de Hirayama empieza antes de que la ciudad termine de despertar. Dobla su futón, se lava, se viste, toma las llaves y sale a trabajar. En el trayecto pone un casete. A la hora de la comida mira los árboles. Por la noche se baña, cena, lee y duerme.
Si uno lo resumiera como lista, no parecería material para una película. Ahí está una de las decisiones más interesantes de Wenders: no presenta la rutina como el obstáculo que el protagonista tiene que superar para que por fin empiece la historia. La rutina es la historia.
Los días se parecen, pero no son idénticos. Cambia la canción. Cambia el libro. Cambia la luz entre las hojas. Cambian las personas que aparecen y las que no. La repetición no ha borrado el mundo. Le permite notar sus variaciones.
Eso no vuelve buena a cualquier rutina. Una rutina puede darte un marco y dejar dentro suficiente espacio para elegir. También puede conservar una situación que ya no elegiste y a la que te acostumbraste porque imaginar otra cosa cuesta demasiado.
La diferencia no está en cuántas veces haces lo mismo. Está en si todavía reconoces algo tuyo en lo que haces.
2. La película no vende pobreza como sabiduría
Hay una lectura muy tentadora de Perfect Days: Hirayama vive bien porque se desconectó, trabaja con las manos y no necesita mucho. Es una lectura incompleta.
Hirayama no vive fuera de la tecnología ni fuera de la ciudad. Tiene teléfono, automóvil, cámara, música grabada y dinero para comprar libros. Vive con poco, pero no parece vivir al borde de que cualquier problema lo deje sin casa, sin trabajo o sin tiempo.
Eso importa. El minimalismo se vuelve una idea muy cómoda cuando lo practican personas que tienen red de seguridad. Decir que no necesitas más puede ser libertad. También puede ser la forma elegante de nombrar una falta de opciones.
La película no dice que el dinero no importe. Dice algo menos espectacular: el dinero, el prestigio y el consumo no alcanzan para explicar por qué una vida se siente propia. Pero hacen falta ciertas condiciones para que la atención, el tiempo libre o una tarde tranquila no sean un privilegio inestable.
No le puedes pedir a alguien que encuentre belleza en su rutina si esa rutina consiste en llegar agotado, no saber si alcanza para la renta y volver a empezar al día siguiente. La contemplación no paga la renta. Tampoco arregla un empleo precario por verse bonito en pantalla.
3. La felicidad también limpia baños
Lo que más me gusta de la película es que no usa el trabajo de Hirayama como decoración para su vida interior. Lo vemos limpiar. Revisa lo que otros no miran. Usa un pequeño espejo para alcanzar la parte inferior de los inodoros. Mantiene habitable algo que casi nadie nota mientras funciona.
Los baños de la película forman parte de The Tokyo Toilet, un proyecto que rediseñó baños públicos de Shibuya. La idea no era sólo hacerlos bonitos. Un baño público funciona cuando alguien lo limpia y lo mantiene. Parece obvio hasta que nadie se hace responsable.
Hay algo digno en hacer bien una tarea que permite que otras personas pasen por un lugar sin pensar en ella. No porque el trabajo manual tenga una pureza especial, ni porque uno deba agradecer cualquier empleo por el simple hecho de tenerlo. La dignidad del trabajo no debería servir para pedirle a nadie que agradezca la precariedad.
Pero tampoco todo sentido tiene que venir de un trabajo extraordinario o de una vocación que puedas explicar en una bio de LinkedIn. A veces consiste en saber que hiciste una cosa bien y que alguien más puede usarla sin tener que pensar en quién la dejó lista.
4. Los objetos no decoran una vida. Le dan textura.
Los casetes, los libros y la cámara analógica podrían convertir a Hirayama en una postal de hombre interesante. La película es más cuidadosa que eso.
La música le cambia la textura al trayecto. Un libro usado hace que la noche no sea sólo el cierre de la jornada. La cámara le da una razón para volver a mirar los mismos árboles sin exigir que encuentre algo espectacular.
No son accesorios de alguien culto. Son formas de atención.
Hay una palabra japonesa, komorebi, que suele traducirse como la luz que atraviesa las hojas de los árboles. La película no necesita convertirla en una enseñanza milenaria ni en una etiqueta para vender bienestar. Basta con ver qué le permite hacer a Hirayama: notar que la misma escena nunca vuelve igual.
Eso es distinto de documentar todo. Una foto puede terminar en un archivo y no cambiar nada. Prestar atención modifica la relación con el tiempo. Te obliga a aceptar que ya estuviste ahí, pero no exactamente ante la misma luz.
5. Vivir solo no es vivir sin nadie
Hirayama vive solo, pero su día está lleno de relaciones pequeñas: un compañero de trabajo que lo desespera, una librera que le recomienda un libro, la mujer del bar, una sobrina que aparece sin avisar, el hombre con quien comparte un juego en el parque.
No todas las relaciones importantes tienen que convertirse en una confesión o en una promesa. A veces basta con que alguien sepa qué vas a pedir, te recomiende un libro o comparta contigo un silencio que no hay que llenar.
Eso también pone un límite a la lectura de Hirayama como un héroe autosuficiente. Su serenidad no viene de no necesitar a nadie. Viene de que no necesita convertir cada vínculo en un drama, una meta o una prueba de que su vida vale algo.
La conexión no siempre hace ruido. Pero sigue siendo conexión.
6. Un día habitable no elimina la tristeza
Hirayama no es un santo de la simplicidad. La película deja entrar el pasado, una familia que no termina de explicarse, enfermedad, cansancio, momentos incómodos. El final no dice que todo salió bien. Dice algo más honesto: que una misma cara puede cargar alegría, memoria y dolor al mismo tiempo.
Por eso la película no funciona como receta. No recomienda dejar el teléfono, comprar una cámara de rollo, mudarte solo o buscar un empleo manual. Tampoco te pide conformarte con una vida que no quieres sólo porque alguien consiguió filmarla bonito.
Lo que sí pregunta vale la pena: ¿qué parte de mi día elegí realmente? ¿Qué objetos me ayudan a estar aquí y cuáles convierten cada minuto en comparación? ¿Qué vínculo discreto hace que la soledad no sea abandono? ¿Qué tendría que cambiar para que mi rutina deje de sentirse como una vida prestada?
La felicidad no parece ser una vida sin dolor, sin deseo o sin problemas. Tampoco una colección de momentos pequeños que habría que agradecer como si fueran suficientes para cualquiera.
Se parece más a tener atención, autonomía, algunos vínculos y un poco de sentido suficientes para que volver al día siguiente no se sienta como una derrota.
Hirayama no encontró una fórmula. Encontró un día que podía habitar. La diferencia importa.
Notas y fuentes
- Perfect Days, sitio oficial.
- Wim Wenders sobre la película en el Festival de Cannes.
- The Tokyo Toilet.
- World Happiness Report 2025, sobre conexiones sociales.