Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones
Ikan y la idea que la industria no deja de reintentar
En 2008, durante mi stage en París, traduje del inglés al francés un artículo para la newsletter interna de la agencia. Era de David Pogue, se había publicado en el New York Times y hablaba de un dispositivo llamado Ikan.
Ikan tenía un lector de códigos de barras y una antena Wi-Fi. Se instalaba en la cocina y servía para escanear los envases de los productos que se habían terminado. Con cada escaneo, el aparato construía una lista de compras que después podía convertirse en un pedido en línea.
En el artículo sonaba como una de esas pequeñas piezas de futuro que llegan antes de que la gente sepa que las necesita. No recuerdo haberlo pensado demasiado. Yo tenía que traducirlo, no decidir si el producto resolvía un problema real.
Ahora, al volver a encontrarlo, la historia me parece menos una predicción que una advertencia.
La idea ya era vieja cuando la traduje
Ikan no fue la primera versión de un escáner doméstico para recordar qué faltaba en la despensa. La misma idea ya había aparecido en Philips, en una versión con Bluetooth y en varios conceptos de refrigeradores conectados. Incluso había sido criticada como una repetición antes de que Ikan llegara a las tiendas.
Eso cambia el relato.
Ikan no fue una idea adelantada a su tiempo. Fue una idea que la industria llevaba varios años reintentando con pequeñas variaciones técnicas: otro tipo de conexión, otro diseño, otra promesa, otro nombre.
El dispositivo costaba 400 dólares. La cifra que conservaba en euros de mi traducción de 2008 no era un error: correspondía razonablemente al tipo de cambio de la época. Pero el precio hace más visible la pregunta que el entusiasmo tecnológico dejaba en segundo plano: ¿qué trabajo estaba comprando una persona por ese dinero?
Abrir la alacena y darse cuenta de que se acabó el café no suele ser la parte más costosa de comprarlo otra vez. Tampoco lo es escribirlo en una libreta. El trabajo más difícil viene después: decidir si todavía vale la pena comprarlo, elegir la marca, comparar el precio, esperar la entrega, pagar y volver a incorporarlo a la rutina.
Ikan automatizaba el paso más sencillo de la cadena. No necesariamente el que más le costaba al usuario.
El fracaso no fue exactamente de la empresa
También tuve que corregir otra parte de la historia. Ikan no desapareció como empresa después de que el producto de consumo dejara de llamar la atención.
IKAN Holdings sobrevivió más de una década y en 2019 se fusionó con Freshub, una empresa de tecnología para compras de supermercado. El negocio dejó de depender de que cada hogar comprara un dispositivo de 400 dólares y pasó a vender soluciones de comercio conectado a supermercados y otros actores de la industria.
Eso es más interesante que decir que el gadget fracasó.
El primer modelo de negocio no encontró suficiente valor en el consumidor final. La empresa sí encontró una forma de seguir trabajando cuando llevó la tecnología a otro lugar de la cadena.
A veces decimos que una tecnología fracasó cuando lo que fracasó fue el mercado al que se la quisimos vender.
No fue el antepasado de Amazon Dash Button
La tentación es contar a Ikan como el antepasado olvidado de Amazon Dash Button. La historia queda muy limpia: Ikan lo intentó primero, Amazon lo repitió años después y los dos terminaron desapareciendo.
El problema es que no hay evidencia documentada de una relación directa entre ambos productos. No sabemos que Amazon haya tomado la idea de Ikan, ni que el equipo de Dash lo haya considerado un precedente.
Fueron dos intentos independientes de automatizar una idea parecida: identificar un producto que se acabó y facilitar su reposición.
Dash Button, además, tuvo otra historia. Amazon lo retiró cuando Alexa volvió redundante la necesidad de apretar un botón físico para pedir ciertos productos. No fue exactamente la misma clase de fracaso que Ikan. En un caso, el hardware no justificaba el valor que entregaba al consumidor. En el otro, una interfaz distinta hizo innecesario el dispositivo anterior.
La relación entre las dos historias no es una genealogía. Es un patrón.
Veinticinco años intentando automatizar el mismo paso
Philips, Bluetooth, Ikan, Dash Button y los refrigeradores con cámara e inteligencia artificial no son el mismo producto. Tampoco fracasaron todos por la misma razón.
Pero todos vuelven a una pregunta parecida: ¿cómo hacemos para que la casa se dé cuenta de lo que falta antes que nosotros?
La respuesta cambia de forma. Primero fue un escáner. Luego una conexión inalámbrica. Después un botón físico. Más tarde, cámaras dentro del refrigerador y sistemas capaces de reconocer productos.
La tecnología mejora. El problema comercial permanece.
Si una persona sigue teniendo que revisar qué falta, confiar en que el sistema reconoció bien el producto, corregir los errores, revisar el precio y decidir si vale la pena comprarlo, quizá la innovación está resolviendo una parte demasiado pequeña de la experiencia.
Hay algo que sí encontró una forma más clara de resolver esa cadena: las suscripciones de reorden automático. Dollar Shave Club, Amazon Subscribe & Save y servicios parecidos no intentan recordar por ti cada producto que se terminó. Eliminan parte de la decisión. Si el consumo es estable, el sistema repite el pedido sin pedirte que vuelvas a empezar.
No automatizan el paso más vistoso. Automatizan el compromiso de comprar de nuevo.
La versión actual también tropieza con la casa
Hay una versión contemporánea de este problema en los dispositivos inteligentes del hogar.
Cuando una casa depende de varias marcas, aplicaciones, cuentas, asistentes y conexiones inalámbricas, la orden de voz es la parte fácil. Lo difícil es que todo siga funcionando cuando cambia una contraseña, llega una actualización, se reinicia el dispositivo o una marca modifica la forma en que se integra con las demás. A veces el software no tiene un problema: cambió las reglas sin avisar.
En la práctica, una persona puede encontrarse con que un dispositivo funciona bien durante un tiempo, deja de sincronizarse, desaparece de la aplicación o necesita volver a vincularse sin que quede claro qué cambió. Google Home y Alexa pueden ofrecer experiencias distintas, y algunos dispositivos pueden llevarse mejor con una plataforma que con otra. Pero la pregunta importante no es cuál asistente parece más inteligente en una demostración.
La pregunta es quién se queda con el trabajo de mantener la casa funcionando.
La promesa de interoperabilidad suele aparecer como una característica del producto. La falla de interoperabilidad aparece como trabajo del usuario: buscar la configuración correcta, cambiar permisos, reinstalar una aplicación, reiniciar el dispositivo, probar otra cuenta y descubrir por ensayo y error qué parte dejó de hablar con cuál.
Eso conecta con Ikan, aunque no sea el mismo producto. En ambos casos, la industria presenta como innovación el momento en que una instrucción produce una respuesta. El valor real está en todo lo que tiene que ocurrir antes y después para que esa respuesta sea confiable, repetible y recuperable. Automatizar no elimina el criterio ni las excepciones: cambia quién tiene que sostenerlas.
Una casa inteligente que necesita mantenimiento constante puede ser más tecnológica que una casa normal. No necesariamente es más sencilla.
El paso barato y el paso caro
La pregunta que queda después de Ikan no es si conviene automatizar. Claro que conviene automatizar algunas cosas.
La pregunta es qué parte del proceso vale la pena automatizar.
El paso barato es el que una persona ya puede resolver con una libreta, una memoria razonable o una acción sencilla. El paso caro es el que concentra decisiones, comparaciones, coordinación, pagos, excepciones y consecuencias.
Confundirlos produce productos llamativos. También produce aparatos que terminan guardados en un cajón, dispositivos que hay que volver a configurar cada cierto tiempo y sistemas que ahorran un minuto mientras agregan veinte de mantenimiento. El primer beneficio de automatizar casi nunca es producir más: a veces es mover el trabajo difícil a un lugar que nadie presupuestó.
La industria no deja de intentar que la casa recuerde por nosotros. Tal vez debería dedicar más tiempo a entender qué ocurre después de recordar.
Yo no recuerdo haber pensado eso cuando traduje el artículo de Ikan en 2008. En ese momento sólo tenía que encontrar la palabra correcta en francés.
Dieciocho años después, la pregunta sigue siendo la misma: ¿estamos automatizando el problema o sólo la parte del problema que queda bien en una demostración?
Fuentes
- David Pogue, artículo del New York Times sobre Ikan, 19 de junio de 2008. La referencia original se conserva en el análisis del rapport de stage.
- TechCrunch: iKan, Scan Your Groceries at Home, 2007.
- Retail TouchPoints: D'Agostino Offers Shoppers Automated Grocery Lists Via Ikan Scanning Technology, 2008.
- Techdirt: Stop Us If You've Heard This One: Company 'Invents' Grocery Barcode Scanner, 2007.
- The Spoon: Early Kitchen Commerce Pioneer IKAN Holdings Acquires Freshub, 2019.
- GeekWire: Amazon ending sales of physical Dash Buttons, 2019.
- PYMNTS: Amazon Discontinues Physical Dash Buttons, 2019.
- Gadget Flow: CES 2026 smart refrigerators.