Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones
La mejor época para vivir no es la que más recuerdas
En muchas casas mexicanas, Siempre en Domingo podía estar sonando de fondo aunque nadie estuviera viendo el programa con demasiada atención. En algún mueble había un acetato. Podía ser la canción de Osito panda, de Yuri, o cualquier otra que alguien hubiera comprado, recibido o grabado de una manera que hoy ya no recordamos.
También estaban la fila para comprar tortillas, el refresco en bolsa o en botella de vidrio, la moneda guardada para la tienda y la sensación de que una tarde podía ocurrir sin que nadie la hubiera programado.
Para algunas personas, los años ochenta fueron también la época de la fayuca: la posibilidad de conseguir un Atari, un minicomponente Fisher o una videocasetera Beta Sony antes de que esos objetos fueran normales en las casas de México.
Son recuerdos verdaderos. Y precisamente por eso pueden engañarnos.
Recordar con cariño una época no demuestra que haya sido la mejor época para vivir. Demuestra que ahí ocurrió algo que nuestra memoria decidió conservar.
1. La memoria guarda texturas, no tablas comparativas
La nostalgia tiene una ventaja que los datos no tienen: se puede tocar.
Un acetato tiene una superficie, un peso y una manera específica de fallar. Una videocasetera Beta podía ser una promesa tecnológica y, al mismo tiempo, un aparato difícil de conseguir y mantener. Una fila para comprar tortillas podía ser una molestia, pero también una escena compartida con vecinos.
La memoria conserva esas texturas. No conserva con la misma precisión la mortalidad infantil, las enfermedades sin tratamiento, la violencia doméstica, la desigualdad legal o la cantidad de personas que no podían salir de la vida que les había tocado.
No es que los recuerdos mientan. Es que responden otra pregunta.
El recuerdo pregunta: «¿qué se sentía estar ahí?». La comparación histórica pregunta: «¿qué probabilidades tenía una persona común de sobrevivir, tener derechos, estudiar, recibir atención médica y cambiar de rumbo?». Confundir las dos preguntas es la forma más rápida de convertir la nostalgia en una teoría sobre el bienestar.
2. Antes de internet no significaba antes de la tecnología
Una parte de la nostalgia por los años setenta, ochenta y noventa habla como si hubiéramos vivido fuera de la tecnología. No fue así.
La tecnología llegaba de otra manera. Primero fueron las calculadoras de bolsillo, los monitores de tubo, los teléfonos de disco, los casetes grabados de la radio y los videocasetes. Después llegaron los celulares que parecían ladrillos, los mensajes de texto, los cibercafés y el internet de conexión telefónica.
La fayuca funcionaba como una especie de frontera tecnológica informal. Para algunas familias, conseguir un Atari, un minicomponente Fisher o una videocasetera Beta Sony no era sólo comprar un aparato. Era acercarse al futuro por una vía que no pasaba por las tiendas normales.
La diferencia con el presente no es que antes no hubiera tecnología. Es que había menos y se podía ver dónde terminaba.
La televisión ocupaba una habitación. El teléfono estaba en un lugar fijo. La música tenía que caber en un casete. La fotografía esperaba a ser revelada. La información se consultaba en un libro, una enciclopedia, una biblioteca o preguntándole a alguien.
Eso producía espacios de espera y de atención compartida. También producía frustración, acceso desigual y una dependencia mayor de quien sabía algo que los demás no sabían.
No todo lo escaso es valioso. A veces sólo es escaso.
3. La prueba del martes cualquiera
Para saber si una época era mejor, conviene dejar por un momento los objetos y hacer una pregunta menos fotogénica:
¿Qué pasaba si una persona común se enfermaba un martes cualquiera?
¿Había agua segura? ¿Había un centro de salud? ¿Qué ocurría durante un parto complicado? ¿Qué posibilidades tenía alguien con una infección, una lesión, una discapacidad o una enfermedad crónica? ¿Podía dejar de trabajar sin que toda la familia se quedara sin ingresos?
En esa prueba, el presente gana frente a cualquier época pasada que podamos comparar con cierta seriedad. México tiene problemas graves de acceso y distribución, pero la esperanza de vida actual ronda los 75 años. Las estimaciones para México alrededor de 1900 se ubicaban aproximadamente entre 25 y 30 años.
No significa que una persona de 1900 muriera necesariamente a los 27. La esperanza de vida estaba muy afectada por la mortalidad infantil, pero esa mortalidad también formaba parte de la vida real. Un niño que no llegaba a la edad adulta no puede ser excluido de la comparación porque arruina la nostalgia.
La medicina, el saneamiento, la vacunación, la electricidad, la alfabetización y la capacidad de pedir ayuda institucional no son detalles aburridos que llegaron después de la verdadera vida. Son parte de la vida.
El presente no distribuye esas ventajas de manera justa. En 2022, 36.3% de la población mexicana estaba en pobreza multidimensional, y las carencias de seguridad social y servicios de salud seguían siendo amplias. La violencia y la inseguridad también limitan lo que significa vivir hoy.
Pero reconocer las fallas actuales no obliga a fingir que la ausencia de tratamiento era una forma superior de libertad.
4. La comunidad existía. No existía igual para todos.
Hay algo que el pasado puede recordarnos y el presente necesita recuperar: la vida no estaba organizada por completo alrededor de la pantalla, la plataforma y la disponibilidad permanente.
Se podía jugar en la calle. Se podía hacer fila y conversar. Se podía comprar en una tienda donde la transacción no dejaba un historial de preferencias. Se podía estar aburrido sin que una empresa tuviera que llenar el espacio.
Esas formas de comunidad eran reales. También eran incompletas.
No todas las infancias tuvieron una calle segura. No todas las familias tuvieron tiempo para jugar. Muchas niñas recibieron restricciones que no tenían los niños. Muchas personas crecieron trabajando, cuidando hermanos o viviendo con carencias que la nostalgia de clase media tiende a borrar.
El pasado prehispánico ofrece ejemplos de organización comunitaria, mercados, agricultura, urbanismo y relación ecológica que no deberían describirse como simple atraso. Pero tampoco puede convertirse en una edad dorada: había jerarquías, coerción, enfermedades, conflictos y formas de desigualdad que no desaparecen porque una sociedad hubiera resuelto problemas que hoy nos cuesta resolver.
La colonia añadió mercados, instituciones y mezclas culturales, pero también trabajo forzado, esclavitud, epidemias y jerarquías legales. «Había más comunidad» no responde quién podía pertenecer en igualdad de condiciones.
La comunidad es un bien real. No es una excusa para olvidar quién quedaba fuera.
5. Una revolución puede ser necesaria y aun así ser una pésima época para vivir
Independencia y Revolución ocupan un lugar central en la historia de México. Cambiaron la estructura política del país, abrieron conflictos que luego produjeron instituciones y dejaron demandas que siguen organizando la conversación nacional.
Nada de eso convierte los años de guerra en una buena época para vivirlos.
La Independencia trajo violencia, epidemias, destrucción productiva y una crisis económica prolongada. La Revolución produjo hambre, desplazamiento, enfermedades y una pérdida demográfica enorme. La Constitución de 1917 recogió demandas agrarias y laborales que cambiaron el futuro, pero un futuro mejor no vuelve amable la década que costó construirlo.
Ésta es una distinción que también sirve para pensar el presente: una transformación puede ser valiosa por lo que abre y terrible para quienes tienen que atravesarla.
La historia suele premiar el resultado. La persona común tiene que vivir el proceso.
6. La infancia no era más libre porque tuviera menos protección
Viajábamos en automóvil sin cinturón bien usado, sin silla para bebé y sin bolsas de aire. Andábamos en bicicleta sin casco. Jugábamos en columpios de metal, con pisos duros y bordes que hoy obligarían a una inspección.
Hacíamos trayectos largos sin pedir una pausa cada hora porque no había una pantalla que mostrara cuánto faltaba. Compartíamos bebidas. Tomábamos agua de los bebederos y, en las canchas, hasta del chorro con el que se regaba el pasto, sin detenernos demasiado a pensar qué había en ella. Íbamos a la escuela con mochilas pesadas y loncheras que podían terminar aplastadas cuando se rompía una correa.
Es posible que algunas personas recuerden aquello como libertad. También es posible que recuerden una infancia en la que los adultos no tenían tantas herramientas para medir riesgos o controlar movimientos.
Pero sobrevivir no convierte una práctica en segura. Un niño que llegó sano a la adultez no demuestra que viajar sin cinturón fuera sensato. Sólo demuestra que muchas personas tuvieron suerte, recibieron cuidados informales o atravesaron una época con estándares de seguridad más bajos.
La nostalgia convierte con facilidad la falta de protección en una medalla. No deberíamos hacerlo.
7. Lo que sí perdimos merece ser nombrado
Que el presente gane la comparación no significa que haya conservado todo lo valioso.
Perdimos parte de la atención compartida. Perdimos la posibilidad de que una tarde no quedara registrada, recomendada ni monetizada. Perdimos algunos espacios de encuentro que no necesitaban una aplicación para existir. Perdimos, quizá, una relación más visible con los límites: había que elegir qué disco llevar, qué foto revelar y qué llamada hacer.
No conviene exagerar esa pérdida. La vida analógica también podía ser solitaria, excluyente y aburrida. Pero el hecho de que una época no fuera un paraíso no significa que no tuviera algo que vale la pena rescatar.
La pregunta no es si queremos volver a los ochenta. La pregunta es qué queremos traer de ahí sin importar también la inseguridad, la desigualdad, la censura familiar, la homofobia, el racismo o la falta de atención médica.
Podemos recuperar el juego sin recuperar la negligencia. La conversación sin recuperar la exclusión. La espera sin volver a hacer de la escasez una virtud.
La mejor época no es una fecha: es un piso
El análisis de distintas épocas mexicanas deja una conclusión menos emocionante que «antes era mejor» y más útil para vivir:
Para una persona común y no privilegiada, el presente ofrece el mejor balance histórico de supervivencia, salud, derechos, educación y opciones, aunque siga fallando en seguridad, igualdad, comunidad y distribución.
Eso no convierte a 2026 en una edad dorada. La pobreza, la violencia, la falta de salud y la crisis climática no son notas al pie. Son la experiencia completa de millones de personas.
Tampoco significa que el progreso resuelva todo por sí solo. La vida mejora cuando las ganancias del progreso se convierten en derechos, capacidades y tiempo para la mayoría, no sólo en productos nuevos para quien puede pagarlos.
Quizá por eso la mejor unidad de comparación no sea un siglo ni una década. Sea una microépoca y un microterritorio: un lugar donde haya agua, atención médica, baja violencia, derechos, una red de vínculos y suficiente margen para decidir qué hacer con el tiempo.
La fila para comprar tortillas puede ser un recuerdo valioso. La videocasetera Beta puede representar el futuro que llegaba. Siempre en Domingo puede devolvernos una sala, una familia o una tarde.
Pero la memoria no debe ser la encargada de decidir si una época era habitable.
La mejor época para vivir no es la que más recuerdas. Es la que te permite recordar sin que para hacerlo tengas que olvidar quiénes no tuvieron la misma suerte.
Notas y fuentes
- INEGI, esperanza de vida al nacimiento.
- M. Mier y Terán, Population dynamics in Mexico, 1895–1990.
- CONEVAL, resumen del Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social 2024.
- UNAM, Un día en la vida de un macehual.
- INAH, condiciones de salud en la frontera norte de Mesoamérica.
- Cambridge University Press, impacto demográfico de la colonización.
- IIH-UNAM, Introducción a la Independencia de México y su tiempo.
- INEHRM, Teorizando sobre la Revolución Mexicana.