Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Por Gonzalo Hernández Araujo

La mejor época todavía no llega. Y nadie la garantiza.

Para algunas familias mexicanas, el futuro llegó de contrabando.

Llegó en forma de un Atari, un minicomponente Fisher o una videocasetera Beta Sony conseguidos por medio de la fayuca en los años ochenta. Llegó a la sala como un objeto que alguien había visto en una revista, en una película o en la casa de otra persona y que, de pronto, podía ser propio.

Después llegaron las computadoras, los cibercafés, el internet de conexión telefónica y el teléfono que dejó de estar pegado a una pared para acompañarnos a todas partes.

Cada generación reconoce el futuro cuando lo ve convertido en aparato. El problema es que una época no mejora sólo porque tenga aparatos más capaces.

La pregunta importante para 2046 no es si habrá más inteligencia artificial, mejores tratamientos o presencia humana en la Luna. Es quién podrá vivir mejor gracias a esas capacidades y quién tendrá que pagar sus costos.

1. El futuro no es un año. Es una distribución.

Cuando alguien dice que «en el futuro viviremos mejor», suele estar mezclando tres cosas:

Las dos primeras pueden ocurrir sin la tercera.

Un país puede producir más y repartir peor. Puede diagnosticar una enfermedad con precisión y dejar el tratamiento fuera del alcance de la mayoría. Puede automatizar tareas y usar el ahorro para aumentar el tiempo libre o para exigir que una persona haga el trabajo de tres.

El futuro no llega como un paquete completo. Llega por sectores, regiones y bolsillos.

Por eso la pregunta «¿cuál será la mejor época para vivir?» necesita una corrección. No se trata de elegir una fecha. Se trata de preguntar qué condiciones hacen que una fecha sea habitable para alguien que no pertenece a una élite protegida.

2. Vivir más no significa vivir con más autonomía

Las proyecciones demográficas apuntan a una esperanza de vida mexicana cercana a los 80 años hacia 2050 y a un envejecimiento importante de la población. Es una buena noticia si esos años llegan con salud, ingresos, autonomía y vínculos.

También puede convertirse en una crisis de cuidados.

Habrá más personas que necesiten atención durante más tiempo. Alguien tendrá que acompañarlas, pagar medicamentos, adaptar viviendas, organizar turnos y sostener el trabajo que no siempre aparece en las cuentas económicas.

La medicina puede prolongar la vida sin resolver quién sostiene esa vida.

Ésa es una de las contradicciones que conviene llevar a 2046. La longevidad no es progreso completo si se distribuyen los años, pero no los cuidados. Tampoco si las mujeres, las familias pobres y quienes trabajan sin contrato absorben la mayor parte de la carga.

No hace falta imaginar una máquina que nos vuelva inmortales. Basta con preguntar quién cuidará a los millones de personas que vivirán más.

3. Las enfermedades no van a desaparecer porque el futuro tenga mejores laboratorios

Es razonable esperar mejores vacunas, diagnósticos y tratamientos. No es razonable esperar el fin de las enfermedades.

Enfermedades que parecían controladas pueden regresar. La resistencia antimicrobiana puede volver menos confiables tratamientos que hoy damos por hechos. El cambio climático puede ampliar la distribución de algunos vectores y presionar sistemas de salud ya desiguales. El cáncer, las enfermedades neurodegenerativas y los daños asociados al calor seguirán formando parte de la vida.

El futuro médico puede ser extraordinario para quien llegue a un hospital con infraestructura, especialistas y capacidad de pago. Para otra persona puede consistir en esperar una consulta, viajar horas o recibir un diagnóstico que no puede convertir en tratamiento.

La pregunta no es si la ciencia avanzará. La pregunta es si las instituciones serán capaces de convertir ese avance en salud pública.

En el siglo pasado aprendimos que una innovación sólo cambia la vida de la mayoría cuando deja de ser una rareza y se vuelve una capacidad confiable: agua, vacunas, electricidad, escuelas, clínicas. En 2046 tendremos que pedirle lo mismo a la medicina avanzada.

4. La inteligencia artificial puede ahorrar tiempo. También puede quitárnoslo.

La Organización Internacional del Trabajo calcula que uno de cada cuatro empleos está potencialmente expuesto a la inteligencia artificial generativa. La cifra no significa que una de cada cuatro personas vaya a quedarse sin trabajo. La propia OIT considera más probable que muchas ocupaciones cambien sus tareas.

Eso todavía deja abierta la pregunta importante: ¿quién se queda con el tiempo que la tecnología libera?

La inteligencia artificial puede ayudar a diagnosticar, traducir, investigar, programar, organizar y producir. También puede aumentar la vigilancia, concentrar decisiones, degradar trabajos de entrada y volver opaco quién es responsable cuando una recomendación automatizada causa un daño.

Una empresa puede usar IA para reducir tareas repetitivas y permitir que su gente trabaje menos. También puede usarla para despedir a parte del equipo y exigirle al resto que supervise diez sistemas a la vez.

La misma capacidad técnica puede producir autonomía o dependencia. El resultado no está dentro del modelo. Está en los incentivos, las reglas, la propiedad de la infraestructura y la posibilidad de que una persona diga que no.

Por eso no conviene escribir 2046 como una guerra entre humanos y máquinas. El conflicto más probable será menos cinematográfico: quién puede decidir cómo se usa una tecnología y quién sólo puede adaptarse a lo que otros decidieron.

5. Una ciudad con más medicina puede tener menos agua

El futuro también se va a decidir fuera de los laboratorios.

Las proyecciones climáticas para América Central y del Sur contemplan aumentos de temperatura y reducciones de lluvia en ciertos escenarios hacia 2050. En México, eso puede traducirse en calor extremo, sequías, incendios, presión sobre la agricultura, migración interna y agua más cara o menos confiable.

Una persona puede tener acceso a un tratamiento médico impensable en 2026 y, al mismo tiempo, vivir en una ciudad donde el agua llega por tandeo o donde el calor vuelve peligroso trabajar al aire libre.

Ésta es una de las razones por las que la idea de progreso suele quedarse corta. Cuenta el número de herramientas disponibles, pero no siempre cuenta las condiciones materiales que permiten usarlas.

No sirve de mucho hablar de una medicina de precisión si una familia no puede conservar los alimentos, trasladarse a una clínica o pagar el tiempo de cuidado. No sirve de mucho una inteligencia artificial que optimiza una empresa si el territorio donde viven sus trabajadores se queda sin agua.

El futuro habitable tendrá que ser también un futuro hídrico.

6. La Luna no arreglará la vida en la Tierra

Los programas Artemis hacen plausible una presencia humana más sostenida en la Luna durante la década de 2030. NASA mantiene también una arquitectura que apunta, eventualmente, a Marte.

Es una hazaña científica interesante. No es una medida suficiente de bienestar.

La primera presencia humana más estable en el espacio será, previsiblemente, científica, militar y comercial. No significa que una persona común pueda viajar al espacio en 2046, ni que hacerlo resolvería la falta de vivienda, cuidados, agua o seguridad en México.

El espacio puede producir conocimiento, infraestructura y cooperación. También puede convertirse en otro territorio de acceso concentrado.

No hay nada malo en querer llegar a la Luna. El problema aparece cuando confundimos la capacidad de llegar más lejos con la capacidad de vivir mejor aquí.

7. Tres futuros posibles para 2046

El análisis de la mejor época para vivir no permite predecir una sola versión de 2046. Permite construir escenarios.

El futuro coordinado

La inteligencia artificial está gobernada y sus beneficios se distribuyen. La transición laboral incluye formación, ingresos y protección. La medicina mejora y alcanza a la salud pública. Las ciudades se adaptan al calor y al agua. Los cuidados dejan de recaer de manera invisible en unas cuantas familias. Los conflictos disminuyen.

En ese escenario, 2046 podría ser la mejor época de la lista. No porque tenga más aparatos, sino porque las capacidades nuevas se convierten en autonomía, salud, seguridad y tiempo compartido.

El futuro bifurcado

La medicina y la productividad mejoran, pero el acceso se divide por ingreso. Algunas ciudades son seguras y tienen agua; otras viven entre cortes, calor y violencia. Un grupo trabaja menos porque la tecnología lo ayuda. Otro trabaja más porque la tecnología lo vigila.

En este escenario, 2046 puede ser mejor que 2026 para algunas personas y peor para otras. La fecha no gana. Ganan ciertos territorios y familias.

El futuro de colapso

Una combinación de crisis institucional, conflictos, clima y uso catastrófico de sistemas automatizados produce fallas que ya no se pueden contener. La tecnología no salva a la sociedad porque la sociedad perdió la capacidad de gobernarla.

Es un escenario posible y de alta severidad. No es una predicción científica ni una certeza escondida detrás de la palabra IA. Los informes actuales sobre seguridad de inteligencia artificial describen la pérdida de control como una hipótesis disputada, con grandes vacíos de evidencia.

La prudencia consiste en tomar en serio el riesgo sin fingir que ya conocemos el desenlace.

8. La verdadera pregunta es quién puede permitirse el futuro

Cuando el futuro llega a una casa como un Atari conseguido en la fayuca, la historia se cuenta como una anécdota tecnológica. Alguien tuvo acceso a una capacidad nueva y la incorporó a la vida cotidiana.

En 2046, el equivalente no será necesariamente un aparato. Puede ser una terapia, una jornada laboral, un sistema de agua, una forma de educación o un asistente que haga posible vivir de otra manera.

La pregunta es si esas capacidades serán comunes o si funcionarán como una nueva versión de la fayuca: disponibles para quien tenga dinero, contactos, documentos y tiempo para encontrarlas.

La tecnología no distribuye automáticamente sus beneficios. A veces hace lo contrario: vuelve más rentable la concentración porque permite escalar una ventaja, vigilar a más personas y convertir conocimiento compartido en propiedad privada.

Por eso una época mejor necesita algo más que innovación. Necesita instituciones que hagan que la innovación sea confiable y accesible.

La mejor época puede estar adelante, pero no llegará sola

El futuro coordinado no es una profecía optimista. Es una tarea política.

Para que 2046 sea mejor que 2026, no basta con tener diagnósticos más precisos, modelos más potentes o bases en la Luna. Hay que convertir esas capacidades en derechos, cuidados, agua, tiempo y margen de decisión para personas que hoy no tienen suficiente de ninguna de esas cosas.

También hay que aceptar que algunas cosas no se resuelven acelerándolas. Un sistema de salud necesita continuidad. Un barrio necesita confianza. Un territorio necesita agua. Una persona que cuida a otra necesita tiempo y apoyo, no una frase sobre productividad.

La pregunta sensata no es «¿qué inventaremos en 2046?». Es:

¿Podrá México convertir la productividad de la inteligencia artificial y los avances biomédicos en tiempo libre, cuidados y seguridad compartidos antes de que el agua, el clima y la concentración de poder conviertan esas ganancias en privilegio?

No sabemos si 2046 será la mejor época para vivir. Sí sabemos qué tendría que demostrar para merecer ese título.

La mejor época no será la que tenga más futuro. Será la que permita que una persona con recursos modestos pueda vivir más, decidir más, cuidar y ser cuidada, trabajar sin ser absorbida por el trabajo y mirar hacia adelante sin que el horizonte sea sólo otra forma de deuda.

Notas y fuentes

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