Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Por Gonzalo Hernández Araujo

La tolerancia no viene en el pasaporte. Se prueba cuando el extranjero llega a tu barrio.

Yo llegué a Francia creyendo que la adaptación se jugaría en cosas grandes: el idioma, el trabajo, la ciudad. A veces empezó en algo más pequeño: la bise.

No estaba acostumbrado a saludar así. Cuando mis compañeras del máster se acercaban, mi cuerpo se quedaba a mitad de camino. ¿Me acerco? ¿Extiendo la mano? ¿Cuántos besos? Para ellas era una acción cotidiana. Para mí, una escena cuyo manual no tenía.

No fue un conflicto abierto, pero sí creó una barrera. Ellas estaban haciendo algo normal y yo estaba tratando de descifrarlo. La diferencia no siempre llega como una discusión. A veces llega como un segundo de duda en el que nadie sabe muy bien cómo encontrarse.

Lo entendí mejor cuando hice mis primeras prácticas. En esa oficina, la bise era parte del ritual matutino antes de comenzar el trabajo. No era una demostración de apertura internacional ni una costumbre pintoresca para contar después. Era la forma en que las relaciones entraban al día: saludar a quienes estaban ahí antes de sentarse a trabajar.

Con la comida me pasó algo parecido. No se trataba sólo de qué se comía, sino de cuánto tiempo se le concedía. Entrada, plato principal, quesos, postre, café, digestivo. No siempre aparecía todo, claro, pero la secuencia recordaba que comer podía ser un acto social y no sólo una manera de meter combustible al cuerpo.

También estaban los horarios, más estrictos en casa y en muchos restaurantes y cafés que en ciudades grandes o turísticas como París. Llegar tarde no era una pequeña variación personal: podía significar que habías perdido el momento. Yo venía de otro ritmo y al principio podía leer esa estructura como rigidez. Poco a poco entendí que también era una forma de organizar la convivencia.

«People who have traveled a lot tend to judge less», dice una de esas imágenes que aparecen en redes con una taza de café, una tipografía amable y una verdad suficientemente bonita para no pedirle pruebas.

La frase tiene algo de razón. Viajar puede enseñarte que tu manera de comer, saludar, trabajar, hacer fila o guardar silencio no es la única posible. Te quita la ilusión de que tu costumbre es una ley de la naturaleza.

El problema empieza cuando le pedimos al pasaporte que haga todo el trabajo de la convivencia.

Viajar puede abrirte la cabeza. No garantiza que dejes de juzgar. Mucho menos que aprendas a vivir con alguien que no está de visita.

1. El viaje te quita la ilusión de ser la medida

Cuando vives en otro país, hasta las cosas más pequeñas dejan de ser automáticas. Pedir un café puede obligarte a escuchar de otra manera. Llegar a una oficina puede hacerte preguntar qué se espera de ti. Una frase sencilla puede tener una intención que no captas porque estás usando las reglas de tu casa para leer otra escena.

No me volví otra persona por cruzar una frontera, pero sí descubrí que algunas cosas que consideraba normales eran sólo las cosas que yo había aprendido a no cuestionar.

Ésa es la mejor versión del viaje. No te entrega una colección de costumbres curiosas. Te deja sin la seguridad de que tú eres el centro de la escena.

Eso ya es bastante.

Lo que no hace es convertirte automáticamente en alguien tolerante. También puedes viajar dentro de una burbuja, rodearte de compatriotas, consumir diferencias como entretenimiento y volver a casa usando el viaje como prueba de que eres más abierto que los demás.

El pasaporte puede ampliar tu mundo. También puede convertirse en una medalla.

2. Ver una diferencia no es encontrarse con alguien

Hay una diferencia entre ver que en otro país se come con las manos y tener que negociar una comida con alguien que no comparte tus códigos.

La primera experiencia produce información. La segunda puede producir aprendizaje.

El contacto intercultural que cambia algo suele tener una parte poco fotogénica: preguntar, equivocarse, depender de otra persona, ajustar la conducta y aceptar que no sabes. No es la incomodidad de estar perdido o de pagar de más. Es la incomodidad digna de reconocer que el otro también tiene una interpretación válida de la situación.

La investigación sobre contacto entre grupos encuentra que el prejuicio puede reducirse cuando hay cooperación, objetivos comunes, relativa igualdad y apoyo institucional. No basta con que dos personas estén cerca. Hace falta que tengan una relación en la que ninguna sea sólo cliente, espectáculo o servicio de la otra.

Por eso el número de países visitados es una medida bastante pobre de madurez intercultural. Una persona puede haber cruzado treinta fronteras y no haber tenido una conversación que la obligara a revisar nada. Otra puede haber conocido la diferencia en el trabajo, en la escuela, en su familia o en el transporte de todos los días.

3. México puede admirar lo extranjero y rechazarlo al mismo tiempo

Aquí aparece una contradicción que vale más que la frase viral.

En México, lo extranjero puede ser deseable cuando llega como marca, acento, comida, destino, producto, universidad o promesa de movilidad social. La misma extranjería puede volverse amenazante cuando llega como poder de compra, presión sobre la vivienda, sustitución de comercios o cambio en las reglas del barrio.

Eso es lo que vuelve útil, y también peligroso, el concepto de malinchismo. Puede nombrar una preferencia por productos, personas o símbolos extranjeros. También puede usarse como insulto para acusar a alguien de traicionar lo propio. No sirve como explicación total de «los mexicanos», pero sí permite formular una pregunta incómoda:

¿Por qué lo extranjero puede gustarnos cuando se consume a distancia y molestarnos cuando empieza a decidir quién puede vivir aquí?

No es una contradicción tan simple como parece. Una persona puede preferir una marca extranjera y al mismo tiempo no querer que su colonia pierda a quienes siempre han vivido ahí. Puede disfrutar un menú en inglés y molestarse cuando todos los precios empiezan a estar pensados para alguien que cobra en dólares.

El problema no es el idioma del menú. Es quién puede seguir entrando al restaurante.

4. No todos los extranjeros llegan con la misma posición

La conversación sobre gentrificación suele hablar de «los extranjeros» como si fueran un solo grupo. No lo son.

Un nómada digital puede rentar unos meses y cobrar en otra moneda. Un pensionado puede establecerse durante años. Un turista puede quedarse una semana. Un trabajador extranjero puede ganar un salario local. Un propietario puede convertir una vivienda en renta temporal. Una plataforma puede ganar con cualquiera de esas transacciones.

No ocupan la misma posición, aunque desde fuera todos puedan aparecer como gente de fuera.

Tampoco tienen el mismo efecto en todos los lugares. La llegada de trabajadores remotos a la Ciudad de México coincidió con transformaciones comerciales, habitacionales y culturales en ciertas colonias. Una investigación reciente describe la gentrificación transnacional como un proceso que acelera dinámicas previas y acentúa la exclusión territorial. Eso no demuestra que cada extranjero sea responsable de la crisis de vivienda ni que la ciudad hubiera permanecido igual sin ellos.

La cadena es más larga: escasez de vivienda, propietarios, plataformas, autoridades, salarios, permisos, tipo de cambio y regulación.

Si culpas sólo al visitante, dejas fuera a quienes convierten la diferencia en negocio. Si absolves al visitante por completo, dejas fuera el efecto material de su poder de compra.

5. La renta no es una discusión cultural

Hay un punto en que hablar de apertura cultural se vuelve una manera elegante de no hablar de vivienda.

Un barrio puede cambiar su estética, sus cafés, sus letreros y sus menús. Eso produce una sensación de pérdida, pero no todos esos cambios pesan igual. El menú bilingüe puede ser una señal. La renta que ya no puedes pagar es una consecuencia.

La distinción importa porque la gentrificación no se resuelve pidiéndole a la población local que sea más tolerante. Una persona puede estar dispuesta a convivir con vecinos extranjeros y, al mismo tiempo, no aceptar que la desplacen de su colonia.

La tolerancia no obliga a celebrar cualquier transformación. Tampoco autoriza a convertir a todos los extranjeros en culpables de un mercado inmobiliario que ya tenía problemas antes de su llegada.

La pregunta correcta no es «¿los extranjeros son buenos o malos para la ciudad?». Es «¿quién gana, quién pierde y qué reglas permiten que una experiencia de movilidad se convierta en una pérdida de vivienda para alguien más?».

6. La persona que no viaja también conoce el mundo

La frase viral tiene otro problema: trata el viaje internacional como la vía principal para aprender tolerancia.

México no es un país inmóvil porque muchas personas no hayan salido del país. La ENADID 2023 distingue entre haber nacido en otra entidad, haberse mudado recientemente y haber viajado. Ninguna de esas categorías mide por sí sola la apertura mental.

Hay personas que conocen otras formas de vida por su familia, su trabajo, la migración, la escuela, el mercado, la frontera, internet o el transporte público. Hay personas que se mudan por necesidad y no porque hayan elegido una experiencia cosmopolita. Hay personas que viajan mucho y siguen tratando a la gente local como parte del decorado.

La tolerancia no debería ser un producto que sólo puede comprar quien tiene dinero, documentos y tiempo libre.

Si una sociedad quiere ampliar su capacidad de convivir con la diferencia, tiene que construir contacto significativo en espacios accesibles: escuelas, barrios, trabajos, universidades, mercados y proyectos compartidos.

No todos pueden comprar un boleto. Todos necesitan convivir.

7. Tolerar no significa dejar de juzgar

La imagen dice que viajar enseña a juzgar menos. Yo lo diría de otra manera: puede enseñarte a juzgar con más contexto.

No todo lo distinto es un problema. Tampoco todo lo que se presenta como diferencia cultural merece quedar fuera del juicio.

Si algo es diferente pero no hace daño, conviene comprender antes de condenar. Si algo produce daño, conviene investigarlo y poner límites. Si no sabemos qué está ocurriendo, conviene suspender la certeza sin suspender el cuidado.

Eso vale para una costumbre de mesa y para una transformación urbana. No es lo mismo comer de otra manera que perder la vivienda. No es lo mismo escuchar otro idioma que no poder pagar el precio del lugar donde naciste.

La tolerancia se prueba cuando el otro se queda

Viajar puede quitarte la certeza de que tu normalidad es universal. Puede hacerte preguntar antes de juzgar y escuchar antes de explicar.

Pero la tolerancia no viene en el pasaporte. El viaje ofrece una oportunidad. La convivencia decide qué haces con ella.

Y la gentrificación añade una pregunta que la frase viral no quiere hacer: ¿quién paga el costo de que otra persona amplíe su mundo?

No necesitas viajar para conocer la diferencia. Pero cuando una experiencia te obliga a reconocer que tu normalidad no es universal, todavía falta decidir si usarás esa certeza para convivir mejor o para sentirte superior a quienes no tuvieron la misma oportunidad.

Notas y fuentes

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