Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones
No nos polarizó un solo algoritmo. Aprendimos a vivir en bandos.
«Nos están dividiendo para que no nos ocupemos de lo importante» es una frase atractiva porque parece ordenar el caos. Explica la pelea política, la discusión sobre migración, la guerra cultural, el pleito en redes y la desconfianza en las instituciones con una sola causa.
También mezcla dos afirmaciones distintas.
La primera es razonable: la polarización puede distraer, debilitar la rendición de cuentas y permitir que alguien avance mientras todos discuten la identidad del enemigo.
La segunda necesita más pruebas: que exista una operación coordinada que fabrica todas las divisiones para que la sociedad no mire lo importante.
No hace falta un titiritero único para que una pelea real termine sirviéndole al poder.
Lo que está pasando parece menos una conspiración central y más un sistema que aprendió a convertir agravios, miedos y diferencias en identidades compactas. Hay conflictos materiales. Hay partidos que los traducen en enemigos. Hay plataformas que premian la reacción. Hay ciudadanos que terminan defendiendo a su bando incluso cuando ese bando deja de entregar resultados.
La pregunta no es sólo quién nos divide. Es qué conflicto real se está simplificando, qué decisión material queda fuera de cuadro y quién gana capacidad de actuar mientras discutimos la identidad del enemigo.
1. La polarización no es sólo pensar distinto
Una democracia necesita desacuerdos. Si todos pensamos igual, no hay deliberación: hay obediencia o apatía.
El problema empieza cuando dejamos de discutir políticas y empezamos a juzgar personas completas por la etiqueta que les asignamos. La diferencia ya no es «crees que esta medida funciona y yo creo que no». Se convierte en «si apoyas eso, eres parte del problema».
Hay una diferencia entre la polarización ideológica y la afectiva. La primera mide qué tan lejos están nuestras posiciones sobre impuestos, migración, seguridad o derechos. La segunda mide cuánto nos gusta nuestro grupo y cuánto despreciamos al otro.
La segunda puede crecer aunque la distancia sobre cada política no sea tan grande. Uno puede no saber explicar el programa de su partido y, aun así, estar convencido de que quienes votan por el partido contrario son ignorantes, inmorales o peligrosos.
La discusión deja de ser una forma de decidir y se vuelve una forma de pertenecer.
2. El algoritmo no inventó la herida
Antes de culpar al teléfono, conviene mirar qué había en la sociedad antes de que el teléfono lo amplificara.
Hay personas que viven con salarios que pierden poder de compra, rentas que suben, servicios que no responden, trabajos más inestables, guerras, desplazamientos, inseguridad o instituciones que prometieron corregir algo y no lo hicieron. Hay comunidades que sienten que perdieron control sobre su barrio, su frontera, su trabajo o su futuro.
No todos esos diagnósticos son correctos en cada caso. Tampoco todos los miedos tienen la misma legitimidad. Pero una política que convierte toda preocupación en prejuicio sólo consigue que la gente busque a quien sí le ofrezca una explicación.
La polarización suele encontrar una herida antes de encontrar un eslogan.
El problema es que la herida puede ser difícil de explicar. La vivienda depende de salarios, crédito, suelo, regulación, propietarios, plataformas y decisiones públicas. La migración cruza fronteras, asilo, empleo, integración, seguridad y demografía. La pérdida de confianza puede venir de años de corrupción, malos servicios y promesas incumplidas.
Un enemigo visible resulta mucho más fácil de comunicar.
3. Cuando un problema se convierte en una identidad
La migración en Europa muestra el mecanismo con claridad. Puede haber preocupaciones materiales sobre vivienda, empleo, servicios, integración, fronteras o asilo. Pero una campaña puede ordenar todas esas preocupaciones en una sola historia: la gente de aquí contra los de afuera.
La historia gana fuerza porque ofrece algo que una explicación administrativa no ofrece: un culpable reconocible.
La derecha radical no se explica sólo por migración, del mismo modo que el rechazo migratorio no es siempre una expresión de extrema derecha. Hay voto de protesta, ideología, miedo cultural, pérdida de control, cálculo electoral y normalización de discursos que antes estaban en los márgenes.
Lo importante es seguir la secuencia:
- Existe una preocupación o un agravio.
- Un actor lo traduce en una amenaza cultural.
- Esa amenaza absorbe otras frustraciones: precios, vivienda, inseguridad o pérdida de estatus.
- El grupo señalado se convierte en una prueba de lealtad.
- El partido gana votos, agenda o capacidad de mover a los partidos tradicionales.
- La política resultante muestra quién se benefició y quién pagó el costo.
Estados Unidos repite una versión de esta operación alrededor de la frontera, las deportaciones, el idioma y la identidad nacional. Japón ofrece un contraste distinto: una sociedad que necesita trabajadores extranjeros mientras una parte del discurso político presenta a las personas extranjeras como amenaza al orden o a la homogeneidad.
El mecanismo no es idéntico en cada país. La identidad no inventa la presión demográfica, económica o territorial. La reorganiza políticamente.
Montbéliard: cuando la fábrica se va, la culpa se queda
Montbéliard permite ver esta secuencia a escala de una ciudad. Durante la expansión de Peugeot, la región necesitó más trabajadores de los que podía encontrar localmente. La contratación de trabajadores extranjeros se aceleró desde los años sesenta y setenta: personas llegadas del Magreb, Yugoslavia, Portugal y Turquía ocuparon puestos en una industria que necesitaba producir más.
La fábrica no sólo ofrecía un salario. También organizaba buena parte de la vida: vivienda, transporte, comercios, servicios y una identidad obrera. Desde mediados de los cincuenta y durante los sesenta y setenta se levantaron bloques y conjuntos de vivienda social cerca de la planta, en lugares como Champvallon, en Bethoncourt, o Les Fougères, en Grand-Charmont. Lo que alguien podía describir como una cage à poules no era sólo un paisaje feo: era la infraestructura de una promesa —trabajo, vivienda y pertenencia— que parecía durar para siempre.
El giro llegó a finales de los setenta. La industria automotriz entró en recesión y reestructuración; después vinieron automatización, robotización, externalización e internacionalización. China forma parte de esa historia global, pero no explica por sí sola la pérdida de empleo en el Pays de Montbéliard. La ciudad conservó los barrios, las familias y las memorias de la fábrica mientras la fábrica dejó de ofrecer el mismo acceso al trabajo.
Ahí aparece una fuente de antagonismo. El trabajador francés que todavía se rompe el lomo puede comparar su esfuerzo con la ayuda social que percibe en el vecino de origen magrebí. En Francia, «los beurs» —una palabra que tampoco es neutral— se vuelven entonces un símbolo: no una descripción de cada persona, sino la figura a la que se le atribuye recibir sin aportar, vivir separado o no querer integrarse.
La percepción no es completamente inventada: hay barrios empobrecidos, desempleo, dificultades de integración y prestaciones que forman una parte importante del ingreso de algunos hogares. Pero decir que una población entera vive de ayudas borra la historia laboral que produjo esos barrios, la discriminación, la falta de empleos estables y la diferencia entre una primera generación de trabajadores y sus hijos. También convierte una política social en un juicio racial.
Yo no conocí a fondo la vida de esos barrios, así que no usaría Montbéliard como prueba total. Sí percibí que existía rechazo hacia el extranjero. Lo interesante para esta pieza es que el racismo no aparecía separado de la economía: se alimentaba de una promesa industrial rota, de una comparación entre quienes trabajan y quienes reciben, y de una ciudad que ya no sabía qué hacer con la población que la propia industria había ayudado a instalar.
Montbéliard no demuestra que la inmigración haya destruido la ciudad. Muestra algo más incómodo: una sociedad puede convocar trabajadores extranjeros cuando los necesita, organizar su vida en barrios separados y después convertir la desigualdad producida por la desindustrialización en un problema de cultura, religión y pertenencia.
4. El algoritmo no tiene que odiar para repartir odio
El algoritmo suele aparecer como si fuera un titiritero que decide qué debemos pensar. Es una explicación cómoda y, por eso mismo, incompleta.
Cada plataforma mezcla cuentas seguidas, historial, idioma, ubicación, recomendaciones, moderación y reglas de clasificación. No hay un algoritmo único ni un efecto idéntico en todos los usuarios.
Eso no lo vuelve neutral. Un sistema de recomendación selecciona visibilidad. Decide qué se repite, qué cruza hacia otra comunidad, qué queda fuera de campo y qué recibe otra oportunidad porque provocó respuestas.
La animosidad hacia el grupo contrario es especialmente útil para ese sistema. Produce comentarios, respuestas, citas, discusiones y compartidos. La plataforma no necesita tener como objetivo explícito «hacer pelear a la gente» para distribuir más de aquello que hace que la gente pelee.
Los experimentos recientes encuentran efectos reales, pero no uniformes. Cambiar la exposición a mensajes de hostilidad política puede modificar cómo se siente una persona hacia el otro grupo. Cambiar el feed también puede mover opiniones y prioridades sin producir necesariamente una reducción o un aumento igual de la polarización afectiva.
La conclusión es menos espectacular que «las redes nos manipulan», pero más útil:
El ranking puede subir la temperatura y deformar nuestra percepción del conflicto, pero no explica por sí solo su origen.
Una comunidad puede ver los peores mensajes de la otra y tomarlos como representativos. La otra puede estar viendo una conversación completamente distinta y creer que nadie la odia. Cada feed parece confirmar la versión que ya tenía de la sociedad.
5. Los conflictos reales no son una distracción sólo porque alguien los use
Aquí hay que poner un límite importante. No toda polarización es fabricada. No toda demanda identitaria es una distracción. No todo conflicto que produce ganancias políticas es un conflicto falso.
La guerra entre Rusia y Ucrania no es una metáfora de redes. Hay invasión, violencia, territorio, desplazamiento y una asimetría de responsabilidad que no desaparece porque los gobiernos y las plataformas organicen el conflicto mediante propaganda, patriotismo y lealtades.
Un conflicto real también puede ser instrumentalizado. La guerra puede reducir el espacio para la duda, volver sospechosa cualquier pregunta y hacer que decisiones militares, presupuestarias o legales avancen con menos deliberación. Señalar ese mecanismo no equivale a negar la invasión ni a poner a todos los actores en el mismo nivel.
Cataluña permite ver otra variante. Es un conflicto territorial, histórico e institucional con agravios y posiciones propias. Los actores externos pueden tratar de aprovechar sus grietas, aumentar la desconfianza o amplificar una narrativa. Eso no convierte a una potencia extranjera en la causa original del independentismo ni borra la responsabilidad de los actores locales.
La influencia externa suele necesitar una grieta. No siempre necesita construirla.
6. Lo que nos llevó hasta aquí
No hay una causa única. Hay una cadena que se fue reforzando:
Primero, aumentaron problemas que las instituciones no resolvieron o no supieron explicar. La gente no sólo perdió dinero o seguridad; perdió la sensación de que alguien podía hacerse cargo.
Después, varias identidades empezaron a alinearse. Región, religión, educación, clase, raza, edad, partido y consumo de medios dejaron de cruzarse con tanta libertad. La persona que defendía una posición sobre una política empezó a ser colocada dentro de un paquete entero.
Luego, los partidos descubrieron que era más rentable movilizar miedo y pertenencia que explicar una política pública compleja. Un adversario moral permite ganar apoyo aunque la solución ofrecida sea vaga.
Las plataformas aceleraron la operación. La indignación viaja mejor que la precisión, y el fragmento que humilla al otro grupo suele ser más fácil de compartir que el dato que obliga a matizar.
Finalmente, la lealtad sustituyó parte de la rendición de cuentas. Un gobierno puede fallar y conservar apoyo si sus seguidores creen que el otro lado sería peor. El votante ya no pregunta sólo «¿qué hizo mi grupo?». Pregunta «¿qué diría esto de mí si lo critico?».
La polarización funciona cuando convierte una evaluación de resultados en un examen de identidad.
7. La pelea también puede decidir quién participa
Brexit mostró otra dimensión. Una decisión con efectos de décadas quedó atravesada por una brecha generacional: las personas jóvenes tendían a preferir permanecer en la Unión Europea y las mayores eran más proclives a votar por salir, mientras la participación juvenil fue menor según las estimaciones disponibles.
No hace falta convertir a las personas mayores en villanas ni a los jóvenes en víctimas puras. Las primeras tenían derecho a votar y también iban a vivir parte de las consecuencias. Los segundos pudieron enfrentar obstáculos reales —inestabilidad, registro, desconfianza, estudios, trabajo—, pero no votar dejó más peso relativo a quienes sí llegaron.
Ésta es una forma menos visible de polarización. No necesita convencer a un grupo de apoyar una opción. Basta con que una parte de la población abandone el proceso y deje que otras identidades, más organizadas o más constantes, decidan por ella.
El futuro no lo decide quien más años tiene por delante. Lo decide quien participa, quien organiza y quien consigue que su preocupación parezca la preocupación de todos.
8. Cómo saber si una pelea está capturando la conversación
Ante cualquier tema polarizante, conviene hacer cinco preguntas:
- Agravio: ¿qué daño o desacuerdo verificable existe antes de la narrativa?
- Marco: ¿cómo se transformó en una historia de buenos y malos?
- Amplificador: ¿quién gana alcance, votos, dinero o poder con esa versión?
- Desplazamiento: ¿qué dato, decisión o política dejó de discutirse?
- Resultado: ¿qué cambió en leyes, presupuestos, contratos, derechos, vivienda, salarios o capacidad de control ciudadano?
La cuarta pregunta obliga a mirar fuera de la pantalla. La quinta obliga a seguir el dinero, la norma y la responsabilidad.
Si no podemos identificar qué decisión quedó fuera de cuadro, quizá tenemos una intuición política interesante, pero todavía no una explicación. Si sólo encontramos que alguien se benefició después, tampoco basta: beneficiarse de una división no demuestra haberla creado.
La sociedad no se rompió de golpe
No nos polarizó un solo algoritmo. Tampoco nos volvimos enemigos porque de pronto todos hayamos perdido la capacidad de pensar.
Llegamos aquí porque problemas reales fueron convertidos en identidades totales; porque las instituciones dejaron vacíos que otros llenaron con amenazas; porque los partidos encontraron una recompensa en la hostilidad; porque las plataformas hicieron visible lo más reactivo; y porque muchas personas prefirieron defender a los suyos antes que exigirles resultados.
La explicación más sólida no es «todo es espontáneo» ni «todo está orquestado». Es un sistema híbrido: conflictos reales se organizan mediante identidades, actores compiten por explotarlos, medios y plataformas premian ciertas formas de hostilidad, y la lealtad de grupo puede volver inmune a un gobierno frente a sus propios malos resultados.
No hace falta que alguien nos convenza de odiar a todo el mundo. Basta con que consigamos interpretar cada desacuerdo como una amenaza a quienes somos.
La pregunta final no es quién está ganando la discusión en redes. Es qué decisión material se está tomando mientras la sociedad aprende a mirarse como un conjunto de bandos.
Notas y fuentes
- V-Dem, Democracy Report 2026.
- Revisión sistemática sobre los impulsores de la polarización afectiva.
- Mason, social sorting y alineamiento de identidades políticas.
- Nature Communications, animosidad hacia el exogrupo y engagement.
- Science, experimento sobre exposición a contenido partidista en X.
- Nature, efectos del algoritmo de X sobre opiniones y prioridades.
- British Journal of Political Science, polarización y rendición de cuentas económica.
- Comisión Europea, Standard Eurobarometer 104.
- Parlamento Europeo, revisión de las elecciones europeas y nacionales de 2024.
- Intelligence and Security Committee, Russia Report.
- Persée, los migrantes extranjeros de la Porte de Bourgogne.
- INSEE, disparidades sociales en las comunidades de Belfort y Montbéliard.
- CNES, historia industrial del Pays de Montbéliard y Peugeot-Sochaux.
- Beaud y Pialoux, Retour sur la condition ouvrière.
- INSEE, nivel de vida y pobreza de las personas inmigrantes.