Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones
El póster de "bueno, barato, rápido" no le habla a tu cliente. Te habla a ti.
Yo lo he dicho. Con esas palabras o parecidas: si lo quieres barato, no esperes calidad ni rapidez; si lo quieres bueno y rápido, eso cuesta. Lo he dicho en juntas y lo he pensado después de colgar el teléfono. Probablemente tú también.
Hace unos días junté seis imágenes que llevan años circulando entre diseñadores, desarrolladores y consultores. El triángulo clásico de "elige dos". Una versión que le agrega un cuarto círculo con la palabra GRATIS. Un letrero pintado en una pared que dice "intenta que tus clientes te busquen por ser bueno, no por barato". La captura de alguien explicando que a sus clientes les cobra "lo justo". Y la foto de una vitrina con una lista de precios de ocho renglones.
Las puse juntas esperando variaciones del mismo mensaje. No lo son. Cinco pertenecen a un género y una pertenece a otro completamente distinto. Esa diferencia explica por qué llevamos veinte años compartiendo estas imágenes sin que nuestros precios se muevan.
1. Cinco de las seis no tienen un solo número
Es lo primero que salta al ponerlas lado a lado. Cinco hablan de precio durante párrafos enteros sin comprometerse con una cifra: "lo justo", "lo que sé", "no regalar el trabajo", "no esperes calidad si es barato".
La sexta tiene ocho renglones con montos, del más bajo al más alto, con un rango de dieciséis veces entre los extremos. Y resulta ser la única del grupo que sirve para cobrar algo.
No creo que sea casualidad. Un número te obliga: se puede aceptar, rechazar o comparar contra otro proveedor. Una postura no compromete a nada, y por eso se comparte con tanta facilidad. La distancia entre tener una filosofía de precio y tener un precio es, literalmente, la cifra.
2. La mayoría de esos carteles no están dirigidos a tu cliente
Lee la gramática, no el mensaje. "No regale su trabajo". "Intenta que tus clientes te busquen por ser bueno". "Como me costó entender esto".
Son frases conjugadas hacia un colega. Imperativos y confesiones que circulan en el feed de otros proveedores, se comparten entre nosotros y nos hacen sentir acompañados un martes complicado.
Eso tiene su función. Sostener el ánimo de un oficio también sirve para algo, y no lo voy a despreciar. Pero no es venta. Nadie con poder real para fijar su precio publica un cartel explicando por qué su precio es su precio, y ese cartel suele aparecer justo donde ese poder ya se perdió.
Además hay un costo que casi nadie considera. Publicas esto en abierto, así que lo lee tu competencia y lo lee tu cliente. La primera aprende tu guion completo. El segundo lo interpreta como aviso de que vienes precargado con un pleito.
3. Una de las imágenes se contradice a sí misma, y eso lo explica todo
Esta fue la que me detuvo. Un triángulo bueno/barato/rápido, del tipo que has visto mil veces. Arriba, en letras grandes:
"No cobro por lo que hago, cobro por lo que sé."
La frase dice: cobro por el valor de mi criterio. El diagrama de abajo dice lo contrario, que cobro por mis insumos, mi tiempo y mi esfuerzo. Dos teorías de precio incompatibles conviviendo en la misma imagen, y quien la diseñó no lo notó.
Al principio lo leí como descuido. Ahora me parece algo más interesante. El gremio ya sabe cuál es la conclusión correcta, que es cobrar por valor y no por horas, pero le falta el instrumento para ejecutarla. Cuantificar lo que tu criterio vale para este cliente en particular es difícil: necesitas saber cuánto le cuesta el problema, y esos números casi nunca te los comparten.
Así que cuelgas el póster. Es el sustituto de una medición que no tienes.
4. El triángulo tiene un cuarto eje, y es el único que le pertenece al cliente
Revisa la estructura con calma. Bueno y rápido son ejes tuyos, dependen de tu trabajo. Barato es el único donde el cliente tiene algo que decir.
Por eso toda negociación termina en el precio. El cliente no es un obsesionado con el descuento: le presentaste tres ejes y solamente uno le pertenece.
La lista de precios de la vitrina descubre el eje que faltaba:
WE DESIGN EVERYTHING — 500 EUR
WE DESIGN, YOU ADVISE — 1000 EUR
YOU DESIGN, WE HELP — 2000 EUR
YOU DESIGN EVERYTHING — 8000 EUR
Ahí el precio no sube porque haya más trabajo. Sube según cuánto se mete el cliente. Ese es el cuarto eje: el control. Le pertenece a él, es perfectamente cotizable, y resulta ser el lugar exacto por donde se te va el margen. No produciendo. En juntas, rondas de revisión y cambios de criterio del dueño un viernes por la tarde.
Lo mejor viene después. Cuando le pones precio al control, "barato" se cae del menú sin que digas una palabra sobre precios bajos: la tarifa más baja deja de ser una concesión que te arrancaron negociando y se convierte en la recompensa por dejarte trabajar. Misma tabla, leída al revés. Esa lectura decide si el cliente la acepta o se ofende.
5. Si dibujas "gratis" en tu diagrama, lo acabas de poner en tu menú
Una de las seis imágenes es un diagrama de Venn con cuatro círculos: rápido, barato, bueno y GRATIS. En las intersecciones aparecen frases como "estafa", "utopía" y "hágalo usted mismo".
La intención se entiende: burlarse de quien pide trabajo regalado. El efecto es el contrario. Al dibujar GRATIS como uno de los círculos de tu propio diagrama lo instalaste como categoría de tu oferta. Ya está sobre la mesa, aunque lo hayas puesto ahí para ridiculizarlo.
Con "barato" pasa igual. Todo lo que aparece en tu material entra a la conversación, incluso cuando lo mencionas para negarlo. Si no quieres que sea negociable, no lo dibujes.
6. Colgar el póster es admitir en público que el cliente no te ve distinto
David Gómez lo resume en una frase que ya no me puedo quitar de encima:
"Si el cliente no percibe una diferencia, va a decidir por precio."
David Gómez, Bueno, Bonito y Carito
Léela como diagnóstico y funciona. Léela pensando en el póster y se vuelve un espejo incómodo: si necesitas explicarle a tu cliente por qué no eres barato, es porque no percibe ninguna diferencia. El póster no combate ese problema, lo anuncia.
Hay un detalle que se me quedó dando vueltas. Ese mismo libro propone tres respuestas ordenadas ante la presión de precio, y la segunda consiste en no bajar el precio sino negociar una contraprestación a cambio. Eso es exactamente la lista de precios de la vitrina, sólo que publicada por adelantado, con la autonomía como contraprestación y con números. No se juega durante la negociación. Se juega antes de que exista la negociación.
Y cuando el cliente te dice que eres caro, quizá la respuesta no sea otro discurso para defender el precio. Puede ser una pregunta: «¿Comparado con qué?» Y después, callarte. No para llevarlo a que te declare el mejor, sino para entender si está comparando el resultado, el alcance, el tiempo o el control. La objeción es información, no una confirmación automática de tu valor.
Me quedé con una incomodidad que todavía no resuelvo. Revisé seis piezas sobre precio y las seis están organizadas alrededor del mismo personaje: el cliente que regatea. Ninguna dice una palabra sobre el cliente que paga bien, cómo se ve, dónde está o cómo se consigue otro igual.
Tenemos un género completo dedicado a defendernos y ninguno dedicado a encontrar. Lo que no logro contestar es si estamos construyendo mejores defensas para un problema que, con el cliente correcto, ni siquiera existiría.
¿Cuántas de tus reglas de precio están diseñadas para el cliente que quieres, y cuántas para el que ya no deberías estar atendiendo?