Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones
Traducir no es traicionar. Es elegir qué parte del sentido sí vas a salvar.
Hay una frase que les repetía a mis alumnos en clase de traducción del francés al español, una que me topé por ahí y ya ni recuerdo dónde: traduire c'est trahir. Traducir es traicionar. Suena elegante en francés y suena a acusación en español, y durante años la repetí sin cuestionarla demasiado, como quien repite un refrán porque suena verdadero.
El problema es que la frase no resiste una pregunta simple: ¿traicionar a qué? Si alguien te acusa de una traición necesita poder decir qué traicionaste: un acuerdo, una persona, una promesa. Pero cuando se trata de traducir un texto casi nunca nos ponemos de acuerdo primero en qué parte de ese texto era sagrada. Y sin ese acuerdo, «traicionar» es una palabra que suena a veredicto pero funciona como excusa: sirve para criticar cualquier decisión, sin tener que explicar cuál habría sido la correcta.
Fui a buscar de dónde viene la frase, qué dice realmente la teoría de la traducción sobre la fidelidad, y qué aporta —y qué no aporta— un caso real de dos traducciones del mismo libro que terminó en una acusación pública de plagio. Esto es lo que encontré.
1. La frase no es tuya, ni es literal, ni tiene un autor claro
La frase no nació en español. Viene del italiano traduttore, traditore, un juego de palabras que funciona porque «traductor» y «traidor» suenan casi igual y comparten casi todas sus letras. Cuando alguien la tradujo como «traducir es traicionar», ganó claridad y perdió exactamente el mecanismo que la hacía memorable: el parecido de sonido. Es un detalle incómodo, porque significa que la frase que acusa a toda traducción de traicionar el original ya traicionó algo al ser traducida ella misma.
Tampoco tiene un autor claro. Oxford University Press señala que su autoría exacta nunca quedó del todo establecida, y que su recorrido histórico la convirtió en un cliché que circula en varios idiomas sin que nadie pueda reclamarla como propia. El traductólogo Lawrence Venuti la describe como un proverbio metafórico: útil para hacer visible que traducir implica interpretar, pero también capaz de encerrar la conversación entera en la idea de que traducir es, por definición, imposible.
2. Cambiar las palabras no es lo mismo que traicionar el sentido
Aquí está el primer error de la frase original: asume que hay una sola cosa que se puede traicionar. En la práctica, un texto tiene varias capas que compiten entre sí: el significado literal, el ritmo, el humor, el registro, la ambigüedad deliberada, la relación entre los personajes, el efecto que produce en quien lo lee. Una traducción puede cambiar la forma exacta de las palabras y aun así ser fiel al efecto. También puede conservar cada palabra en su lugar y traicionar por completo el chiste, el tono o la intención.
Los códigos profesionales de traductores lo reconocen así: describen al traductor como autor de una obra derivada, le exigen dominio lingüístico y cultural, y le piden evitar deformaciones arbitrarias del pensamiento o el estilo, no que copie la superficie verbal sin pensar. Eso presupone una fidelidad que sí se puede evaluar, pero no de forma mecánica. La pregunta correcta nunca es «¿tradujiste literal?». Es «¿a qué decidiste ser fiel, cuando no podías serlo a todo al mismo tiempo?».
3. La pregunta que nadie hace antes de acusar a alguien de traicionar un texto
Sin esa pregunta respondida de antemano, «fidelidad» se convierte en una palabra retrospectiva: sirve para señalar cualquier decisión después de que ya se tomó, nunca para guiarla antes. Por eso cada encargo de traducción serio debería declarar, desde el principio, qué se prioriza cuando hay conflicto entre precisión referencial, ritmo, oralidad, humor, rima, extrañeza cultural o legibilidad. Sin esa jerarquía, cualquier crítica de «esto no es fiel al original» suena a autoridad, pero en realidad no está diciendo nada verificable.
¿Fiel a qué: a las palabras, al referente, a la intención, al tono, al efecto, al ritmo, al género o a la experiencia del lector?
Mientras esa pregunta quede sin responder, la máxima puede significar cualquier cosa; una frase que puede significar cualquier cosa no sirve para distinguir una decisión legítima de un error real.
4. Que un traductor sea invisible no es una ley de la naturaleza. Es una decisión editorial
Hay una costumbre extendida en el mundo editorial: presentar la traducción como si fuera transparente, como si el texto hubiera nacido directamente en la lengua de llegada, y mantener al traductor en un segundo plano casi invisible. Suena a un estándar de calidad —«no se nota que es traducido»— pero también oculta algo importante: todas las decisiones que alguien tuvo que tomar para que sonara así.
Esa invisibilidad no es una propiedad natural del buen trabajo. Es una elección de mercado, de plazos, de tarifas y de expectativas de fluidez. Una editorial puede preferir una versión que parezca escrita originalmente en español, aunque eso reduzca la visibilidad de todo el trabajo de mediación cultural que hizo posible esa fluidez. Los códigos de buenas prácticas de traductores responden justo a ese incentivo, reclamando crédito visible en la portada y control sobre modificaciones sustanciales a su trabajo. No es vanidad gremial. Es que sin ese reconocimiento, el lector no tiene forma de saber qué decisiones se tomaron por él.
5. El caso que casi todo mundo cita mal: dos traducciones, un libro, y una acusación que nunca se resolvió
En 2006, la editorial Berenice publicó Me acuerdo, de Georges Perec, en traducción de Yolanda Morató. Once años después, en 2017, Impedimenta publicó una nueva versión, esta vez de Mercedes Cebrián. Morató y varios críticos señalaron coincidencias en las notas al pie, en el orden de la información y en formulaciones específicas. Cebrián y la editorial respondieron que esas coincidencias podían venir de fuentes compartidas y de lo breve que son los fragmentos del libro original. Lo que existe hoy, con las fuentes disponibles, es una acusación pública y una defensa pública, no un plagio probado por sentencia.
El caso es útil, pero hay que usarlo con cuidado. No prueba que toda traducción traicione el sentido original: prueba una cosa distinta, que retraducir un libro y reutilizar sin reconocer una mediación anterior son dos problemas diferentes, aunque se parezcan desde afuera. Hay un contraste interesante ahí: el propio Perec reconoció abiertamente que su libro dialogaba con I Remember, de Joe Brainard. Una transformación declarada no genera el mismo problema que una dependencia no reconocida. La pregunta correcta frente a una nueva traducción no es «¿se parece a la anterior?». Es «¿reconoce lo que le debe, si le debe algo?».
6. Antes de traducir algo —o de juzgar una traducción— define esto primero
Si vas a traducir algo, o a evaluar una traducción que ya existe, hay un ejercicio que ahorra la mitad de las discusiones inútiles: definir por adelantado una jerarquía de fidelidades. Qué información no puede cambiar bajo ninguna circunstancia. Qué efecto tiene que sobrevivir aunque cambien las palabras. Qué elementos formales son realmente estructurales y cuáles se pueden compensar con otro recurso. Qué pérdidas son simplemente inevitables, y con qué se van a compensar. Y qué decisiones necesitan una nota, un prólogo o una advertencia explícita para el lector, en vez de pasar desapercibidas.
Ese ejercicio no resuelve el debate filosófico de si toda traducción traiciona. Resuelve algo más útil: te obliga a decir, antes de empezar, a qué le vas a ser fiel, para que cuando alguien te acuse de traicionar el original, tengas una respuesta mejor que la de la frase que empezamos a cuestionar desde el principio.
La próxima vez que leas una traducción y sientas que «algo se perdió», vale la pena hacer la pregunta completa antes de repetir el refrán: ¿qué exactamente se perdió —una instrucción, un chiste, una textura sonora, una relación de poder— y era eso lo que de verdad importaba conservar? Traducir siempre implica elegir. Traicionar es sólo una de las formas en que esa elección puede salir mal, no el destino inevitable de haberla tenido que hacer.
Notas y fuentes
- Lawrence Venuti, conferencia en la Universitat Pompeu Fabra sobre «traduttore, traditore».
- Mark Davie, Oxford University Press, «Traduttore traditore».
- Ida Klitgård, «Wordplay and translation», Roskilde University.
- AMETLI, principios éticos.
- ASETRAD, código deontológico.
- Benjamins, «Translator invisibility».
- CEATL / ACE Traductores, hexálogo de buenas prácticas.
- Jorge Fondebrider, «El escándalo Impedimenta / Perec», Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.
- Europa Press, «Una traductora acusa a Impedimenta y Mercedes Cebrián de plagio…», marzo de 2017.
- EL PAÍS, «Me acuerdo», sobre la relación entre Perec y Joe Brainard, febrero de 2017.
- Impedimenta, ficha oficial de la edición 2026 de Me acuerdo.