Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Por Gonzalo Hernández Araujo

Lo que un mes en João Pessoa me hizo replantear sobre México

Un carro se detuvo frente a un cruce peatonal en João Pessoa. No había un policía, una cámara ni un semáforo obligándolo. El conductor frenó, me hizo una seña con la mano y siguió cuando terminé de cruzar. Me quedé parado un segundo de más, procesando algo que en México casi nunca me pasa: que alguien respete una regla sin que nadie lo esté vigilando.

Pasé cerca de un mes en João Pessoa, Paraíba, hace más de un año. No fue una investigación ni recorrí Brasil: viví un rato en una ciudad costera, sobre todo en zonas conectadas con servicios y turismo. Esa limitación importa. Brasil es enorme, desigual y contradictorio; lo que vi no prueba que sea un país más ordenado, saludable o amable que México.

Pero sí me dejó siete escenas difíciles de olvidar. No porque revelen una esencia brasileña, sino porque contradicen una explicación que en México usamos demasiado rápido: «así es la gente». Quizá algunos hábitos que damos por inevitables no son carácter nacional. Quizá son el resultado de lo que una ciudad vuelve visible, fácil y esperable todos los días.


1. La cebra no era un favor

No fue una vez. Durante mi estancia, en los cruces que usé, vi que los autos cedían el paso a quien ya estaba por cruzar con una constancia que me sorprendió. Nadie parecía estar haciendo un acto extraordinario de cortesía. Era una interacción breve y normal: el peatón avanzaba, el auto esperaba, cada quien seguía.

La ley brasileña da prioridad al peatón que cruza por una franja destinada para ello. Eso no basta para que una norma se vuelva costumbre; de hecho, la propia autoridad de movilidad de João Pessoa mantiene campañas para reforzar el respeto al cruce. Pero una regla clara, una marca visible sobre el pavimento y la expectativa de que el otro también la seguirá cambian la escena completa.

Lo que me impresionó no fue que hubiera ciudadanos moralmente superiores. Fue que el diseño reducía la negociación. En muchos cruces de México, el peatón tiene que calcular velocidad, humor y atención del conductor antes de poner un pie en la calle. Ahí, al menos en los lugares que recorrí, el cruce decía con más claridad quién tenía prioridad. Cuando una regla deja de sentirse como una apuesta, es más fácil obedecerla.

2. La fila no dependía de la buena intención

También vi filas prioritarias para personas mayores. La diferencia no era sólo el letrero: el letrero ya organizaba la expectativa de todos los demás. Nadie tenía que improvisar una discusión pública para ceder el lugar, ni esperar que alguien se acordara de ser considerado. La fila tenía una excepción explícita y todos podían verla.

Brasil reconoce legalmente la atención prioritaria a las personas mayores y exige acceso visible a cajas y asientos destinados para ellas. La ley no garantiza que cada persona actúe bien; ninguna ley lo hace. Lo que sí hace es sacar una decisión de la zona incómoda de los favores. Ya no es «¿será que alguien le cede el paso?». Es «este lugar fue dispuesto para eso».

Ahí entendí que una parte del respeto no consiste en esperar mejores gestos individuales. Consiste en diseñar situaciones donde el gesto correcto no exige valentía, generosidad especial ni una negociación. Una señal no vuelve justa a una ciudad, pero hace visible qué espera de la gente que la habita.

3. El plato no venía decidido

Los restaurantes de comida por kilo fueron una de mis rutinas favoritas. Te sirves arroz, frijoles, ensalada, verduras, fruta, carne o lo que haya; después pesan el plato y cobras según el resultado. No hay un combo que te obligue a aceptar la guarnición que alguien más eligió, ni una porción fija que tengas que terminar porque ya venía incluida.

No quiero convertir una modalidad de restaurante en una teoría de la salud. Comer por kilo no garantiza que nadie coma mejor. Pero sí cambia algo pequeño: pone muchos alimentos distintos frente a ti y te deja armar el plato sin tener que elegir entre menús cerrados. Durante ese mes, comer algo equilibrado se sintió menos como una decisión heroica y más como escoger de una mesa que ya estaba organizada para facilitarlo.

Es una diferencia útil porque nos obliga a desconfiar del sermón. Nos encanta explicar la alimentación, el ejercicio o el ahorro como asuntos de fuerza de voluntad. Pero la voluntad aparece al final de una cadena: después de que alguien definió qué opciones hay, cuánto cuestan, cómo se presentan y qué tan fácil es elegirlas. A veces no hace falta una persona más disciplinada. Hace falta un menú menos tramposo.

4. La cuenta no llegaba a la mesa

Otra diferencia pequeña, pero repetida, aparecía al pagar. En varios bares y restaurantes a los que fui, te daban una comanda: una tarjeta, un papel o un registro asociado a tu mesa. Cada consumo quedaba anotado ahí. Al terminar, no esperabas a que alguien trajera la cuenta. Te levantabas, llevabas la comanda o decías tu número en la caja de salida y pagabas.

No sé cuántos formatos existen ni qué tan universal sea el sistema. En algunos lugares era una tarjeta de papel; en otros, el registro parecía electrónico. Lo que sí recuerdo es que el mecanismo volvía muy claro quién tenía que hacer qué. El mesero no tenía que perseguir la mesa para cerrar la cuenta y el cliente no tenía que hacer señas para que alguien se acordara de cobrarle.

Me parece una buena miniatura de la tesis del artículo. No es que los brasileños sean más responsables al pagar. Es que el restaurante convierte el cierre en un paso visible del recorrido: entras, consumes, pasas por caja, sales. Una interacción que en otros lugares depende de llamar, esperar y recordar se vuelve parte de la arquitectura del lugar.

5. La cerveza no llegaba en porciones individuales

También me llamó la atención la manera de compartir cerveza. En muchas mesas veía llegar una botella grande, de las de 600 mililitros, acompañada de vasos pequeños. No se trataba de que cada quien recibiera su bebida y se olvidara de los demás: alguien servía un poco, la botella volvía a la mesa y al rato otro volvía a llenar los vasos. Así la cerveza se mantenía fría y la mesa compartía algo más que la cuenta.

En México la caguama cumple una función parecida, pero allá los copos pequeños se veían por todos lados. El recipiente cambiaba la unidad social de la bebida. No era una botella individual multiplicada por cuatro personas, sino una botella común que obligaba a estar pendiente de los demás, servir y dejarse servir.

No quiero romantizar el alcohol ni convertir un vaso en explicación nacional. Sólo me interesa el detalle: los objetos también proponen una forma de estar juntos. Una botella grande y vasos pequeños no obligan a una conversación, pero hacen más probable una mesa lenta, compartida y abierta a que alguien más se sume.

6. Pagar era inmediato; comprar no siempre era posible

Una tarde, en el malecón, quise comprar una artesanía a un vendedor ambulante. Sólo tenía un billete de 50 reales. Conseguir cambio parecía imposible hasta que él me preguntó si tenía tarjeta. La tenía. El pago se resolvió en segundos y me quedó una pregunta tonta: ¿por qué no lo pregunté desde el principio?

Yo venía de México con la costumbre de asumir que un vendedor pequeño preferirá efectivo, que quizá no acepta tarjeta y que, si la acepta, probablemente te pedirá una comisión. En Brasil encontré la situación inversa más veces de las que esperaba: el efectivo era útil, pero el billete grande introducía una fricción innecesaria. La tarjeta y Pix, el sistema brasileño de pagos instantáneos, hacían más fácil cobrar exactamente lo que costaba algo, sin buscar cambio ni discutirlo.

Pero la misma infraestructura tenía una frontera. En dos tiendas no pude completar una compra porque el sistema pedía un CPF y yo no tenía uno. El CPF es el registro fiscal de personas físicas de Brasil; extranjeros también pueden solicitarlo, pero un viajero de paso no necesariamente llega con él. No sé por qué esas dos tiendas lo exigían ni puedo convertirlas en una regla para todo el país. Sí sé cómo se sintió: pasar de una venta callejera que se resuelve con una tarjeta a una tienda formal donde ni siquiera podías terminar la transacción.

Ese contraste fue más útil que cualquier comparación cómoda. La tecnología puede volver un pago rápido, exacto y seguro, pero también puede diseñar una puerta de entrada que asume que ya perteneces al sistema. En México a veces piden RFC para una factura; yo nunca había visto que un dato fiscal bloqueara una compra cotidiana. No es que un país esté años luz delante del otro. Son fricciones distintas, y sólo notas cuál te afecta cuando te toca estar del lado equivocado de la ventanilla.

7. La ciudad no me pedía motivarme

En João Pessoa, caminar, correr, andar en bici o sentarse afuera no se sentía como cumplir una obligación de gimnasio. La playa, el paseo marítimo y los parques convertían moverse en una parte obvia del día y también en un plan para ver gente. Vi familias paseando, personas mayores caminando y grupos haciendo ejercicio sin que la actividad pareciera una tarea separada de la vida.

No era sólo paisaje. La orla tiene ciclovías y espacios para caminar; la ciudad incluso reserva algunas horas de su avenida costera para actividades físicas. De nuevo, eso no dice nada definitivo de cada barrio ni de cada habitante. Sí muestra una posibilidad concreta: si el espacio público es agradable, continuo y relativamente seguro, el movimiento deja de competir contra la comodidad de quedarse encerrado.

La frase «no tengo tiempo para hacer ejercicio» suele sonar como una falla personal. A veces lo es. Otras veces quiere decir «la única forma de moverme exige coche, tráfico, una membresía, vigilancia y una hora libre que no tengo». No es lo mismo pedirle motivación a alguien que ofrecerle una ruta por la que valga la pena caminar.


Nada de esto convierte a João Pessoa en una utopía ni autoriza una comparación fácil entre Brasil y México. Las ciudades no se reducen a sus zonas más agradables; tampoco las leyes se vuelven realidad por estar impresas. Mi experiencia fue corta, parcial y seguramente sesgada por lo que más contrastaba con mi vida aquí.

Lo que sí me quitó fue una coartada: la idea de que ciertas cosas no cambian porque «así somos». En un mes vi reglas, espacios y rutinas que hacían más probable una conducta distinta sin pedirle a cada persona que fuera excepcional. No sustituye la aplicación de la ley, la seguridad ni la desigualdad; tampoco basta para explicar una ciudad. Pero agrega una pregunta que vale la pena hacer antes de culpar a la cultura: ¿qué parte de lo que llamamos costumbre es, en realidad, un entorno que sigue haciendo difícil lo correcto?

Notas y fuentes

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