Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Por Gonzalo Hernández Araujo

Las dos mañanas no se cancelan. El descanso no es indiferencia.

Durante varios días de octubre, trabajadores del IMSS bloquearon vialidades y mantuvieron plantones en distintos puntos del país. Pedían mejores condiciones laborales, un aumento salarial, respeto a sus derechos y los insumos necesarios para atender a los pacientes. En San Luis Potosí, enfermeras denunciaron falta de medicamentos, personal, camas, camillas y materiales; algunas dijeron que habían tenido que comprar insumos con su propio dinero para no dejar de atender. El País, El Universal San Luis Potosí

Hace unos días me tocó a mí: había dos bloqueos y tuvimos que irnos por otro lado a raíz de ello. La primera reacción es bastante sencilla: te afecta y te enoja porque tienes que cambiar de ruta, salir antes, caminar más o llegar tarde a algún lugar. No es una generalización sobre quienes usan o no usan el IMSS; es una molestia concreta, pequeña y suficientemente real como para ocupar la cabeza durante unos minutos.

Después seguimos por otra ruta y seguí con mi día.

Ahí aparece una paradoja que me hizo detenerme: quienes están saliendo a la calle son los trabajadores que necesitan mejores condiciones para prestar el servicio. No parecen ser los pacientes quienes encabezan esta protesta, aunque serían los primeros afectados por la falta de medicamentos, personal o equipo. No estoy diciendo que los pacientes no protesten ni que no les importe. La escena simplemente me dejó pensando en la diferencia entre quien tiene una organización para hacer visible un reclamo y quien ese día sólo necesita llegar a su cita.

Una persona enferma tiene que conseguir una cita, llegar a ella, cuidar su turno, encontrar dinero para el traslado y evitar que una protesta le cierre el acceso. Puede estar demasiado cansada para convertir su queja en una marcha. Puede depender precisamente de los trabajadores a los que tendría que reclamarles. Puede no tener alternativa privada. Puede protestar en una fila, en un grupo de familiares, en una denuncia aislada o comprando de su bolsillo lo que la institución no le entrega. Esas formas de inconformidad casi nunca ocupan la avenida.

El IMSS informó que sus unidades seguían operando y que los servicios de urgencias, hospitalización, terapia intensiva, partos y hemodiálisis estaban garantizados; también pidió mantener libres los accesos para pacientes y ambulancias. El comunicado confirma algo que la noticia de los bloqueos puede ocultar: el conflicto no es simplemente trabajadores contra pacientes. También es una disputa por las condiciones que hacen posible atender a esos pacientes. IMSS

La pregunta no es por qué los trabajadores molestan a los pacientes. Es por qué hemos llegado a una situación en la que los trabajadores tienen que detener una parte de la ciudad para decir que el servicio no puede sostenerse así.


Dos mañanas

En «1 = 1», un texto que publicó en The New Yorker en 2016 y que después reunió en Wrong Norma, Anne Carson escribe sobre una mañana en la que sale a nadar y sobre otra mañana, la de familias apretadas toda la noche en un tren esperando el amanecer. En una conversación en Louisiana Literature contó de dónde salió: tuvo una mañana tranquila nadando sola, volvió a casa y leyó en el periódico sobre el éxodo de Siria, gente que se ahogaba en botes precarios y gente hacinada en trenes. Lo que se preguntó fue cómo es posible leer una tragedia, entrar en ella, cerrar el periódico e ir a hacerse un pan tostado.

No hay una acción heroica que resuelva la escena. El pan no cancela el naufragio. El naufragio tampoco vuelve ilegítimo el pan. Las dos mañanas existen al mismo tiempo: la de quienes están atrapados en una tragedia y la de quien tiene suficiente distancia para leer sobre ella y preparar el desayuno.

La noticia de los trabajadores del IMSS produce una versión más cercana de la misma incomodidad. Hay personas que están intentando sostener un servicio público y hay personas que sólo alcanzan a registrar que la calle está cerrada. Hay una carencia que afecta consultas, tratamientos y turnos, y hay alguien que se enoja porque tendrá que buscar una ruta alternativa. Ninguna de las dos reacciones borra automáticamente a la otra.

El problema empieza cuando la mañana más cómoda se presenta como la única que existe.

Ver, compartir, seguir

Hoy el periódico puede aparecer como una alerta en el teléfono. La noticia llega entre un mensaje de trabajo, una fotografía, un anuncio y una conversación pendiente. La tragedia ocupa la misma pantalla que la receta, el partido y algo que probablemente no necesitábamos comprar.

La secuencia puede durar menos de un minuto: vemos, nos indignamos, compartimos y seguimos.

Compartir no es nada. Puede llevar una denuncia a alguien que sí tiene información, dinero, una responsabilidad o capacidad de organizar. Puede conectar a una familia con una asociación. Puede hacer visible un abuso que una institución preferiría mantener en silencio. Puede ser el inicio de una acción.

Pero compartir tampoco es todavía una respuesta. Puede convertirse en una manera de cerrar la experiencia: ya lo publiqué, ya dije que está mal, ya dejé claro que yo estaba del lado correcto. El gesto deja una pequeña recompensa moral aunque nada haya cambiado para la persona que sigue esperando el medicamento, el camión o la respuesta de una autoridad.

Ver no es decir. Decir no es hacer. Hacer no es reparar.

La reparación casi siempre queda fuera de la capacidad de una sola persona. No podemos vigilar cada decisión de un gobierno, acompañar cada protesta ni resolver cada carencia de un hospital. El error es usar esa imposibilidad para declarar que el primer gesto basta.

Una publicación puede ser una señal, una invitación o un registro. La pregunta que sigue es qué cadena abre: ¿lleva a una organización?, ¿a una exigencia concreta?, ¿a una fecha de seguimiento?, ¿a una donación sostenida?, ¿a una conversación con alguien afectado?, ¿o termina exactamente cuando termina la emoción?

Los políticos tienen la jornada completa

Hace unos ocho años, en una charla de café con una venezolana, ella dijo algo que recuerdo más o menos así: los políticos tienen 24 horas para jodernos. No sé si usó exactamente esas palabras. Puede que la frase haya sido más larga o menos precisa. Lo que recuerdo es la idea.

Quienes ocupan el poder tienen todo el día para tomar decisiones que afectan la vida de quienes estamos ocupados tratando de sostenerla.

Nosotros trabajamos, comemos y dormimos. Llevamos a alguien a la escuela, contestamos mensajes, hacemos cuentas, atendemos una enfermedad, tomamos un camión, cocinamos lo que alcance y tratamos de llegar al día siguiente. No tenemos 24 horas disponibles para seguir cada iniciativa, cada nombramiento, cada contrato, cada reforma, cada declaración y cada contradicción.

Eso no convierte la falta de vigilancia total en una virtud cívica. Pero sí corrige una expectativa injusta: no se puede pedirle a la ciudadanía común la atención permanente de un gobierno, un partido, una redacción o una organización que se dedica profesionalmente a producir decisiones y conflictos.

Hay una desigualdad de tiempo antes incluso de que aparezca una desigualdad de dinero. El funcionario puede dedicar la mañana a explicar una medida; la persona afectada recibe un fragmento de la explicación mientras espera el transporte para ir a trabajar. El poder tiene una jornada continua. La vida de a pie tiene interrupciones.

Por eso compartir indignación puede parecer una respuesta suficiente. Es uno de los pocos actos políticos que caben en una vida llena de obligaciones. Compartir tarda segundos. Organizarse requiere leer otra vez, confirmar, llamar, asistir, insistir y regresar cuando la noticia ya dejó de ser tendencia.

La frase de la venezolana no debería convertirse en una disculpa para no hacer nada. Sirve para poner la escala en su sitio: la participación ciudadana tiene que ser posible dentro de una vida humana. No puede diseñarse como si todas las personas trabajaran de tiempo completo en el seguimiento de la política.

La intención no alcanza

El 25 de octubre de 2016, durante el foro “Impulsando a México”, Enrique Peña Nieto dijo que ningún presidente se levanta pensando en cómo “joder a México”, sino en cómo hacer las cosas bien para el país. La frase quedó registrada al día siguiente y se volvió una de las expresiones más recordadas de su presidencia. La Jornada, La Vanguardia/Agencia EFE

La frase puede leerse junto a la conversación del café sin forzar una simetría. Peña habla desde la intención del gobernante. La venezolana habla desde el efecto que el poder tiene sobre el tiempo de la gente.

Uno dice: no me despierto con el propósito de dañarte.

La otra responde: aunque no te despiertes con ese propósito, tienes el día entero para tomar decisiones que pueden dañarme.

La intención importa, pero no alcanza. Una persona puede querer hacer las cosas bien y aun así decidir mal, ignorar información, proteger a los suyos, subestimar un daño o sostener una política cuyas consecuencias ya son visibles. El ciudadano no vive dentro de la intención privada del presidente. Vive dentro de los resultados, los costos y las oportunidades que las decisiones dejan.

No hace falta imaginar que cada funcionario se levanta conspirando contra el país para exigir responsabilidad. Basta con observar qué decidió, qué información tenía, quién gana, quién paga y qué hace cuando el daño aparece.

No todo silencio es anestesia

En México, además, no toda persona que deja de protestar está indiferente. Hay quien recuerda el 68 y Tlatelolco como una advertencia: salir a la calle puede tener un costo que no termina cuando se disuelve la marcha. Esa memoria puede producir miedo, pero también ha producido organizaciones, lenguajes y nuevas protestas. No explica por sí sola por qué alguien se queda en casa.

La violencia cotidiana agrega otra capa. Cuando una tragedia se repite demasiado, la vida desarrolla mecanismos para soportarla: dejar de salir de noche, no abrir ciertas noticias, no preguntar demasiado, no involucrarse con un conflicto que podría traer consecuencias. Desde fuera puede parecer anestesia. Desde dentro puede ser la manera de conservar energía para sobrevivir a la semana.

Naomi Klein escribió sobre cómo los shocks colectivos pueden abrir oportunidades para que se impongan decisiones que en condiciones normales encontrarían más resistencia. Pero no toda persona agotada está aceptando una política, y no toda pausa informativa es consentimiento. La atención también necesita descanso. Dejar de leer noticias una noche, o una semana, puede ser una decisión de salud mental, no una declaración de que el mundo dejó de importar.

La pregunta difícil es qué hacemos cuando regresamos.

La calle también parece tener una ideología dominante porque la izquierda cuenta con sindicatos, universidades, organizaciones territoriales y una tradición más continua de movilización. Eso no significa que la derecha no proteste ni que la izquierda tenga el monopolio del agravio. La oposición ha llenado calles en defensa de instituciones y democracia, pero suele hablar otro idioma y organizarse con otros repertorios. A veces confundimos “no veo una protesta como la que yo reconocería” con “nadie está protestando”.

El silencio no siempre es acuerdo. Puede ser cansancio, miedo, dependencia, falta de tiempo, falta de organización o una forma de cuidar la mente.

Seguir sin absolverse

No podemos vivir en estado de alarma frente a cada tragedia. Si cada noticia exige una respuesta total, la conciencia se vuelve inhabitable y la indignación termina funcionando como otra forma de agotamiento.

Comer, dormir y trabajar no son pruebas de indiferencia. Cuidar a alguien, terminar una tarea o preparar un pan también puede ser la condición para tener energía al día siguiente.

Pero seguir no tiene por qué significar borrar. Una noticia puede producir una consecuencia pequeña: comprobar antes de reenviar, guardar el nombre de una organización, volver a revisar qué ocurrió, apoyar a quienes ya están organizados o cambiar una decisión propia. En el caso del IMSS, también puede significar no enfrentar a pacientes contra trabajadores como si estuvieran en lados opuestos del problema. Ambos necesitan que el servicio funcione, aunque no tengan la misma capacidad de detener la ciudad para exigirlo.

Ninguna de esas acciones resuelve por sí sola la falta de insumos. Esa es precisamente la razón por la que no conviene inflarlas hasta llamarlas salvación. Su función es más modesta: impedir que la indignación se consuma por completo en el mismo momento en que aparece.

Las dos mañanas no se cancelan. La vida ordinaria continúa y la noticia sigue siendo cierta. Un bloqueo puede hacerte dar la vuelta; una noticia puede hacerte cerrar el teléfono. Descansar de las noticias no es olvidar. Compartirlas no es haber cumplido.

La cuestión no es demostrar que nos importa dejando de desayunar, ni exigirnos una vigilancia imposible de 24 horas. La cuestión es si algo de lo que vimos consigue acompañarnos cuando cerramos el periódico, apagamos el teléfono o tomamos otra ruta.

El pan tostado no arregla el mundo. Tampoco lo empeora por existir.

Lo que puede cambiar es lo que hacemos después de comerlo.

Notas y fuentes

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