Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones
Las edades que caben en una persona
Me dijo señor la cajera.
No fue una tragedia. Tampoco fue una ofensa. Probablemente fue una palabra automática, una manera respetuosa de dirigirse a alguien que estaba pagando sus cosas. Pero la palabra llegó con un pequeño retraso: primero la escuché; después intenté encontrar a la persona a la que acababan de nombrar.
Como no tengo hijos, todavía no me cae el veinte de que sí ya soy «señor».
Mis amigos están casados, divorciados, con hijos. Algunos han muerto. Los papás de algunos empiezan a fallecer. Ya no estamos en la edad en la que la muerte era una noticia lejana, algo que les ocurría a los abuelos de alguien más. Ahora aparece en los grupos de mensajes, en una llamada, en la frase de un amigo que cuenta que su papá ya no está.
Hace poco, hablando con un amigo, salió otra forma de medir el tiempo. Los viernes por la tarde o por la noche ya no son lo de antes, me dijo. Hace algunos ayeres uno podía encontrarse a un conocido en la barra de un antro. Ahora es más probable encontrárselo en la fila de una farmacia.
No sé si eso es envejecer. Tal vez es sólo cambiar de rutina. Pero hay momentos en los que la vida te informa de una transformación antes de que tú la hayas aceptado. Alguien te dice señor. Un amigo compara los viernes de antes con los de ahora. El padre de alguien muere. Y de pronto el calendario parece tener una opinión sobre ti.
La pregunta no es cuántos años tengo. Esa respuesta está en algún documento y no necesita mucha filosofía. La pregunta es cuántas edades caben en una persona al mismo tiempo.
El tiempo no avanza igual en todas partes
Hay una edad del calendario: los años que han pasado. Hay una edad del cuerpo: los cambios, los límites y las reparaciones que el organismo empieza a negociar de otra manera. Está la edad que uno siente tener, que no siempre coincide con ninguna de las anteriores. Está la edad social, la que aparece cuando alguien decide llamarte joven, señor, señora o adulto mayor.
Y está la edad que uno ocupa en la vida de los demás.
Esas edades no avanzan juntas. El calendario puede decir que han pasado veinte años desde una experiencia que todavía se siente cercana. El cuerpo puede haber cambiado sin que la identidad se sienta transformada al mismo ritmo. Uno puede seguir sintiéndose joven y al mismo tiempo descubrir que ya está en la generación de los padres que empiezan a morir.
También puede ocurrir lo contrario: que los demás te coloquen en una categoría a la que todavía no has llegado por dentro. No necesariamente hay mala intención en eso. La cajera no estaba haciendo un diagnóstico sobre mi vida. Pero la palabra hizo visible que la edad no es sólo una experiencia íntima. También es una clasificación social.
La sociedad necesita clasificar para orientarse. El problema es que a veces la categoría llega antes que la experiencia. Uno todavía está buscando a la persona que fue mientras los demás ya encontraron una manera de nombrar a la que es.
Belfort
El 6 de septiembre de 2006, según el itinerario de Delta que todavía guardo entre mis correos, tomé el vuelo para ir a estudiar a Francia. Mi memoria me pone llegando a Belfort probablemente el día siguiente, después de alrededor de treinta y cinco horas de viaje.
Al salir de la estación crucé la calle para entrar al primer hotel que encontré. Hice el registro, me quemé con el agua al intentar bañarme, bajé y comí un kebab en un local de al lado. En México estamos acostumbrados a medir qué tan caliente está el agua; en Francia salía de inmediato, por la forma en que están hechas sus instalaciones. Ese kebab me supo a gloria. Lo volví a probar en una visita turística posterior y me pareció normal. Quizá había cambiado el kebab; quizá había cambiado yo; quizá sólo tenía hambre aquella primera vez. Después me pregunté qué estaba haciendo ahí, solo y por mi cuenta.
No es una escena particularmente heroica. No llegué con una música de fondo ni con la certeza de que acababa de comenzar una etapa decisiva. Llegué cansado, con hambre, sin un lugar asignado en el CROUS de Belfort y tratando de entender qué seguía.
El 8 de septiembre, a las 9:25 de la mañana, hora de Francia, le escribí a mi papá que todo estaba bien. Ese viernes viajé a Montbéliard con todo y la huelga de trenes, y logré resolver el tema del alojamiento. En la Universidad me ayudaron: en el CROUS de Belfort me habían dicho que no tenía un espacio o lugar asignado para mí. El lunes 11 comenzaban mis clases.
El correo conserva a alguien que todavía está ocurriendo. No es una memoria ordenada: es un mensaje escrito durante la mañana, con problemas concretos y una tranquilidad un poco administrativa. Todo bien. Hay que llegar a Montbéliard. Hay huelga. El alojamiento todavía no está claro, pero la Universidad puede ayudar.
Han pasado veinte años desde entonces. La cifra me parece extraña porque la experiencia no se siente como algo ocurrido hace veinte años. Belfort no está presente en mi vida cotidiana, pero tampoco está completamente lejos. Sigue existiendo como una habitación de hotel, un baño demasiado caliente, un kebab y la pregunta de qué hacía yo ahí.
El calendario archivó esa escena como pasado. La memoria la conserva en otra carpeta. En otra nota sobre Francia y la memoria escribí que dos versiones honestas de un recuerdo pueden aparecer en idiomas distintos. Aquí ocurre algo parecido con el tiempo: la escena sigue siendo cercana para mí aunque el calendario la haya convertido en antecedente.
Envejecer también puede ser perder legibilidad
El cuerpo, por supuesto, sí cambia. No envejecemos sólo porque alguien nos diga señor o porque un correo viejo nos devuelva una versión anterior de nosotros mismos. El organismo acumula daños, pierde capacidad de reparación y atraviesa procesos interconectados que no caben en una sola explicación: cambios genómicos y epigenéticos, disfunción mitocondrial, inflamación, senescencia celular y pérdida de capacidad regenerativa, entre otros (National Institute on Aging; López-Otín et al., Hallmarks of aging).
Una frase más precisa sería que el cuerpo no deja de intentar mantenerse. Simplemente nunca recibe una garantía de permanencia.
David Sinclair y su equipo han propuesto una imagen más ambiciosa. En la teoría de la información del envejecimiento, el organismo no sólo acumularía daños: también perdería parte de la información epigenética que ayuda a las células a saber qué son y cómo deben funcionar. La información de juventud no necesariamente desaparecería por completo; se volvería más difícil de leer (Lu, Tian y Sinclair, The Information Theory of Aging).
La idea me interesa por una palabra: legibilidad.
No porque una persona sea una célula grande ni porque los recuerdos de Francia estén almacenados en el epigenoma. La analogía tiene límites y la teoría sigue siendo discutida: hay críticas que señalan que todavía no ha sido probada de manera suficiente, y los resultados de reprogramación que han recuperado funciones en ratones no equivalen a un tratamiento para rejuvenecer personas (Timmons y Brenner; respuesta del equipo de Sinclair).
Pero la imagen sirve para pensar en otra clase de pérdida. Quizá algunas versiones de nosotros no desaparecen; quizá sólo se vuelven menos accesibles. El joven que llegó a Belfort todavía está en alguna parte de mi memoria. No vive ahí, no toma decisiones por mí y no puede regresar a esa habitación. Pero tampoco ha dejado de formar parte de la persona que llegó después.
La continuidad personal no funciona como un contador de años. Uno puede cambiar sin sentir el momento exacto del cambio. Puede cargar varias versiones de sí mismo y encontrarlas sólo cuando un correo, una fotografía o una palabra ajena abre la puerta correcta.
Los viernes cambian de lugar
La edad subjetiva tampoco es una prueba de que uno siga siendo joven. Hay investigaciones que encuentran que muchas personas adultas se sienten más jóvenes que su edad cronológica, y esa brecha se relaciona de manera modesta con bienestar y salud, sin demostrar que sentirse joven sea por sí mismo la causa de una vida mejor (Pinquart y Wahl; meta-análisis sobre edad subjetiva y salud).
No necesitamos una encuesta para notar que hay un desfase. Basta con recordar que uno puede sentirse más o menos igual por dentro mientras el mundo va cambiando las escenas en las que se encuentra con los demás.
Antes era la barra de un antro. Ahora es la fila de una farmacia.
La frase de mi amigo no significa que los viernes actuales sean peores. Tampoco que los de antes hayan sido mejores. Sólo registra una modificación en la vida: los encuentros casuales ocurren en lugares distintos porque nosotros también somos otras personas. Hay matrimonios que terminaron, hijos que crecieron, padres que enfermaron, amigos que murieron y cuerpos que necesitan medicamentos.
La edad llega desde afuera en pequeños gestos. La Organización Mundial de la Salud llama edadismo a los estereotipos, prejuicios y discriminaciones relacionados con la edad. No hace falta convertir la palabra de la cajera en una denuncia para reconocer lo que revela: alguien más también participa en la definición de quién eres (OMS).
La pregunta incómoda no es si queremos dejar de ser jóvenes. Tal vez queremos dejar de ser castigados por no parecerlo. O quizá sólo queremos que la continuidad que sentimos por dentro tenga derecho a existir aunque el mundo ya nos haya cambiado de categoría.
Xantolo y las personas que siguen teniendo un lugar
Durante varios años viajé a la Huasteca Potosina para las celebraciones del Xantolo. Conocí ceremonias como la Bajada de máscaras, a mascareros y comparsas. También estuve en celebraciones de Día de Muertos en Michoacán.
No quiero usar esas experiencias para repetir que México tiene una relación especial con la muerte. Esa idea suele convertir prácticas distintas en una sola postal y termina confundiendo una celebración pública con una explicación total de lo que sienten las personas. El Día de Muertos no elimina el duelo ni vuelve a nadie inmune a la pérdida. Las comunidades y las familias lo viven de maneras diferentes.
Lo que me interesa es algo más preciso: una ofrenda no deshace la muerte. Hace un lugar para alguien que ya no puede volver.
La comida, la fotografía, el nombre, la visita y la fecha permiten que una persona muerta siga teniendo una presencia concreta en la vida de quienes la recuerdan. No como si nada hubiera pasado. No como una copia restaurada. La ausencia sigue siendo ausencia, pero ya no queda sin forma.
En la Huasteca, las máscaras y las comparsas no son una teoría abstracta sobre la muerte. Son prácticas, recorridos, cuerpos, música, familias y fechas. Su fuerza no está en que nieguen el final, sino en que vuelven posible una relación con quienes ya no están de la misma manera.
Ahí aparece otra edad: la edad relacional. No es el número de años que uno tiene, sino el tiempo durante el cual sigue siendo alguien para otros.
Un muerto puede seguir ocupando un lugar en el calendario familiar. Un amigo puede seguir siendo joven en la memoria de quienes lo conocieron antes de que muriera. Un correo de hace veinte años puede devolver por unos minutos a alguien que todavía no sabía cómo resolver el alojamiento. La memoria no detiene el tiempo, pero puede volver a abrir una puerta que el calendario ya había cerrado.
No envejecemos de una sola vez
El cuerpo intenta mantenerse.
La memoria intenta conservar versiones de nosotros y de quienes ya no están.
La sociedad intenta ordenar el tiempo con palabras: joven, señor, padre, viudo, adulto mayor.
Ninguno de esos sistemas es perfecto. El cuerpo cambia sin pedir permiso. La memoria mezcla fechas. Las categorías sociales llegan antes o después de lo que sentimos. Pero juntos producen la sensación de que una vida continúa aunque ya no pueda ser la misma.
No envejecemos de una sola vez. A veces envejecemos cuando alguien nos llama señor. A veces cuando una fecha convierte una experiencia en pasado. A veces cuando descubrimos que los viernes cambiaron de lugar. A veces cuando el cuerpo pierde legibilidad y tiene que aprender a repararse de otra manera. Y a veces cuando entendemos que también nosotros nos estamos convirtiendo en memoria de alguien.
Quizá ser señor no consista en sentir que uno ha llegado a una edad determinada. Quizá consista en descubrir que ya ocupa un lugar en los tiempos de otros: alguien te nombra, alguien te recuerda, alguien te cuenta que su padre murió, alguien se encuentra contigo en una fila de farmacia y durante un segundo los dos entienden que los viernes ya no son lo de antes.
No sé si la cajera tenía razón. Pero la palabra se quedó conmigo.
Notas y fuentes
- National Institute on Aging, Aging Well in the 21st Century.
- López-Otín et al., Hallmarks of aging: An expanding universe.
- Lu, Tian y Sinclair, The Information Theory of Aging.
- Sinclair Lab, investigación sobre información epigenética y reprogramación.
- Yang et al., Loss of epigenetic information as a cause of mammalian aging.
- Timmons y Brenner, The information theory of aging has not been tested, y respuesta del equipo de Sinclair.
- Pinquart y Wahl, meta-análisis sobre edad subjetiva.
- Organización Mundial de la Salud, Ageism.
- UNESCO, fiestas indígenas dedicadas a los muertos.
- INAH, patrimonio cultural del Día de Muertos.
- Brandes, “Is There a Mexican View of Death?”.
- Hewson et al., revisión sobre vínculos continuos tras el duelo.