Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Paz vs. Bartra: 6 cosas que nadie te explicó sobre el "mexicano misterioso"

¿Alguna vez alguien te dijo que los mexicanos son "cerrados", "desconfiados" o que cargan con una tristeza que viene "de la Conquista"? Seguro sí. Es uno de esos clichés que suenan a verdad profunda pero que nadie sabe bien de dónde salieron.

Salieron, en buena parte, de un libro: El laberinto de la soledad, de Octavio Paz (1950). Un ensayo brillante que intentó explicar "el alma del mexicano" y que, con el tiempo, se convirtió en el espejo oficial en el que México se miró por décadas.

El problema: ese espejo puede estar roto. O al menos, tiene un marco ideológico que vale la pena conocer. Lo que sigue son seis ideas que te van a cambiar la forma de leer tanto a Paz como a su crítico más feroz, Roger Bartra.


1. Paz no estaba describiendo a todos los mexicanos. Él mismo lo admitió.

El laberinto de la soledad se lee como un diagnóstico universal del "ser mexicano". Pero veinte años después de publicarlo, Paz escribió Postdata (1970) y ahí se echó para atrás: reconoció que estaba hablando de la experiencia de una clase media urbana e intelectual de los años cincuenta. No del campesino de Oaxaca. No del obrero de Monterrey. De alguien muy parecido a él.

Eso no le quita mérito al libro. Lo que hace es recordarnos que los grandes ensayos dicen más sobre quien los escribe que sobre el sujeto que pretenden estudiar.

2. El disimulo sí existe. Pero fue enseñado, no heredado en los genes.

La "interioridad secreta" que describe Paz, esa tendencia a esconder lo que uno siente, a sonreír mientras por dentro se piensa otra cosa, no es un misterio psíquico ni un rasgo étnico. Es el resultado lógico de siglos de aprendizaje.

El Virreinato enseñó a callar para sobrevivir. El Porfiriato premió la discreción. El PRI convirtió el disimulo en forma de gobierno. Cuando vives generaciones en un sistema donde mostrar lo que piensas puede costarte caro, aprendes a ocultarlo. Y luego lo enseñas a tus hijos sin darte cuenta.

No es que el mexicano sea así. Es que le enseñaron a ser así, y ya nadie recuerda quién dio la primera clase.

Eso convierte la "interioridad secreta" en algo real, una vivencia histórica, sin necesidad de convertirla en esencia eterna.

3. Bartra tiene razón en lo que critica. Pero su jaula tampoco tiene puerta.

Roger Bartra publicó La jaula de la melancolía en 1987 con un argumento contundente: la imagen del "mexicano melancólico, reservado y misterioso" no es una descripción neutral. Es una construcción del Estado nacionalista para producir un tipo específico de ciudadano: sumiso, nostálgico, identificado con el mito de la Revolución.

Tiene razón. Pero hay un problema: si todo es jaula ideológica, ¿cómo sales? Bartra desmonta el mito con brillantez intelectual, pero no ofrece nada con qué reemplazarlo. Te dice "esa imagen de ti mismo es falsa" y te deja ahí parado, sin un espejo alternativo.

Paz, con todos sus excesos, al menos dejaba al sujeto la posibilidad de reconocerse y moverse. El laberinto tiene salida. La jaula de Bartra, irónicamente, parece no tenerla.

4. El debate completo ignora a la mitad del país.

Aquí está el punto ciego más brutal: Paz y Bartra hablan del "mexicano" pero en realidad hablan del mestizo letrado y capitalino. El debate entero ocurre entre intelectuales de clase media que leyeron a Sartre, asistieron a la UNAM y vivieron en la Ciudad de México.

El campesino mixteco que migra a California, la mujer totonaca de la Sierra Norte de Puebla, el jornalero de Sonora, ninguno de ellos se reconoce ni en el laberinto ni en la jaula. Sus identidades tienen otra historia, otros traumas, otra forma de construirse.

Como documentó el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla en México profundo, existe un México mesoamericano que nunca fue invitado a esta conversación. Y ese México es, numéricamente, la mayoría.

5. La vivencia sobrevive aunque sepas que es un mito. Eso es lo más interesante.

Aquí está la paradoja que nadie resuelve bien: si la "interioridad secreta" fuera pura fabricación ideológica, bastaría con leer a Bartra para deshacerse de ella. Pero no funciona así.

Hay personas que han leído La jaula de la melancolía, que entienden perfectamente el argumento, que saben que es un mito construido por el Estado, y aun así siguen experimentando algo parecido a lo que Paz describió. La reserva emocional, el disimulo, la fiesta como explosión de lo que no se dice.

Eso sugiere que hay algo encarnado, transmitido en la familia, en el gesto, en el ritual, que el argumento intelectual no alcanza a tocar. Paz y Bartra pelean en el plano de las ideas. Pero la vivencia ocurre en el cuerpo, y nadie en este debate ha preguntado qué pasa ahí.

6. Este género de libro se repite cada vez que México entra en crisis. Y siempre llega alguien nuevo a escribirlo.

El laberinto no fue el primero. En 1934, Samuel Ramos publicó El perfil del hombre y la cultura en México, el mismo diagnóstico, con Adler en lugar de Sartre. En 1987 llegó Bartra. Antes que todos, José Vasconcelos había intentado algo similar con La raza cósmica.

El patrón es claro: cada vez que el sistema político mexicano entra en una crisis de legitimidad, un intelectual escribe el gran ensayo sobre "quiénes somos los mexicanos". Ramos escribió en la crisis del maximato. Paz, mientras el PRI se consolidaba. Bartra, cuando ese mismo PRI empezaba a colapsar.

No son revelaciones ontológicas. Son respuestas a preguntas políticas urgentes disfrazadas de filosofía del ser. Lectura histórica del ensayismo mexicano del siglo XX

Lo cual hace inevitable la pregunta: ¿quién escribirá el próximo, y en respuesta a qué crisis?


Paz no inventó al mexicano misterioso. Bartra tampoco lo destruyó del todo. Lo que ambos hicieron fue participar, desde distintos momentos y con distintas herramientas, del mismo proyecto: darle una historia coherente a un país que siempre ha tenido dificultad para entenderse a sí mismo. La pregunta que queda abierta es si ese proyecto todavía tiene sentido, o si la generación que hoy tiene 15 años ya decidió entenderse de otra forma, sin ensayos, sin laberintos, y sin jaulas que necesiten llave.

Notas y fuentes

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