Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Por Gonzalo Hernández Araujo

Puedes perder el feed sin perder tu vida

Tengo cuentas en muchos lugares, pero no necesariamente una vida en todos ellos.

Llegué a Facebook cuando todavía funcionaba por invitación y las cuentas estaban más restringidas a correos universitarios. Cuando liberaron las URL, yo iba de viaje en autobús y me ganaron el nombre de usuario que quería. Después probé Google+ y Wave. Tengo Flickr abandonado. En Instagram la última foto que subí aparece, al revisar el perfil, como de hace 571 semanas. Cerré en 5,999 publicaciones.

No llegar a 6,000 no es una tragedia ni una decisión consciente. Es sólo una cifra incompleta que quedó como marca de una etapa. Cuando salió Threads ni siquiera activé mi cuenta.

La lista parece una pequeña historia de internet, pero no es nostalgia. Sirve para distinguir algo que solemos meter en la misma bolsa: tener una cuenta, usar una plataforma, publicar en ella y dejar que su feed organice nuestra atención no son la misma actividad.

En X soy más consumidor que productor. Leo, guardo cosas y doy me gusta. Me sirve para hacer una especie de vigilancia estratégica, una veille en francés, sobre temas que me interesan. La expresión suena demasiado solemne para alguien que muchas veces sólo guarda un enlace para revisarlo después, pero describe algo real: entrar para detectar señales, no para pasar la tarde.

El problema es que X también tiene scroll infinito. Puedo entrar para buscar algo y terminar consumiendo una secuencia que nadie me pidió. Por eso me pongo una raya con Instagram y Facebook: si no lo hiciera, probablemente viviría ahí. No porque todas las redes sean iguales, sino porque ya sé qué tipo de uso me pueden capturar.

La pregunta no es si debo abandonar internet. Es qué parte de cada plataforma necesito conservar y qué parte ya está decidiendo por mí.


1. Una cuenta no es una relación

La conversación sobre desconectarse suele plantearse como una decisión binaria: estar o no estar, publicar o borrar, tener redes o recuperar la vida real.

Mi propia historia no cabe ahí. Puedo conservar un perfil que ya no uso, consultar una plataforma sin publicar, seguir una cuenta por una investigación puntual o entrar a un sitio para hablar con alguien sin querer consumir su página principal.

Flickr funciona para mí como un archivo de otra época. Instagram conserva una cantidad absurda de publicaciones, aunque hace años que dejó de ser un lugar donde subo fotos. Facebook es parte de la historia de cómo llegué a internet social, pero eso no significa que deba organizar mis tardes. Una cuenta puede seguir existiendo después de que la relación cambió.

Cada plataforma puede cumplir una función distinta:

El nombre «redes sociales» oculta esas diferencias. También oculta que el costo de salir depende de cuál de esas funciones se haya vuelto necesaria.

2. X me sirve para vigilar, hasta que el feed me vigila a mí

Hay una diferencia entre consultar una fuente y entregarle el mando de la siguiente pantalla.

Cuando uso X para enterarme de lo que ocurre en un campo que me interesa, la plataforma funciona como una herramienta de observación. Puedo encontrar una noticia, seguir una discusión, descubrir una referencia o guardar algo para procesarlo después.

Pero el scroll infinito cambia la relación. Ya no estoy buscando una señal concreta. Estoy aceptando que el sistema decida cuándo terminó una cosa y cuál es la siguiente. Como el final nunca llega, la sesión tampoco tiene un punto natural de cierre.

Ya escribí sobre el ciclo que nunca se cierra cuando la sobrecarga viene de una sucesión de información que no deja terminar nada. Aquí me interesa otra parte del mismo mecanismo: qué ocurre cuando una herramienta que consultabas para vigilar temas empieza a vigilar tu atención.

Eso conecta con el problema del FOMO, pero no exactamente en su versión más popular. No siempre temo perderme una fiesta o una conversación entre amigos. A veces temo perderme el dato, el enlace, la noticia o la idea que puede ser útil más adelante. El miedo a perderse algo también puede presentarse como vigilancia profesional.

El resultado es parecido: vuelvo a revisar para aliviar la posibilidad de que haya ocurrido algo importante mientras yo no estaba mirando.

3. JOMO no es dejar de interesarse

JOMO suele presentarse como la alegría de perderse cosas. La formulación es atractiva, pero puede quedarse en una consigna de bienestar digital.

Lo que me interesa más es la autonomía que hay detrás. No se trata de fingir que no me importa lo que ocurre ni de convertir la desconexión en una superioridad moral. Se trata de decidir qué ausencias puedo aceptar y qué información prefiero obtener por otro camino.

FOMO convierte la ausencia en amenaza: algo está pasando y debería estar ahí. JOMO puede convertirla en una decisión: algo está pasando y no necesito seguirlo en tiempo real.

La diferencia no está solamente en el número de minutos frente a la pantalla. Está en quién decide qué merece otra revisión.

Para mí, la pregunta sería: ¿puedo conservar la vigilancia sobre un tema sin conservar el mecanismo que me empuja a recorrer el feed? Tal vez una lista más pequeña, una fuente directa, un boletín o un archivo propio cumplan parte de la función. No sería dejar de interesarme. Sería dejar de aceptar que el interés tenga que pasar por una secuencia infinita.

4. No publicar no significa no necesitar la plataforma

La intuición fácil es que a una persona que no publica le debería resultar sencillo abandonar las redes. Si no busca audiencia, ¿qué estaría perdiendo?

En otra nota sobre ser visto escribí que no necesito que me encuentre una audiencia para dejar algo por escrito. Aquí la pregunta es distinta: qué pasa cuando no buscas visibilidad, pero sí usas una plataforma para enterarte, conservar señales o mantener un contacto de baja intensidad.

La respuesta depende de la función que la plataforma cumple. Para alguien que no disfruta mostrarse, una red puede ser precisamente una forma de contacto de baja intensidad: leer sin interrumpir, responder cuando hay tiempo, seguir una conversación sin entrar en una reunión y mantener una presencia sin exponerse demasiado.

No querer aparecer no significa no necesitar entrar.

Esta es la parte que la etiqueta «introvertido» no resuelve. La misma plataforma puede ser un escenario agotador para una persona y una habitación controlable para otra. La personalidad importa menos que la tarea que el servicio está haciendo en la vida concreta de alguien.

En mi caso, ser consumidor más que productor no me vuelve inmune al feed. Sólo cambia la forma en que me captura. No me retiene la necesidad de publicar. Me retiene la posibilidad de encontrar algo que todavía no sé que estoy buscando.

Eso también explica por qué una red que ya no uso puede seguir siendo parte de mi identidad digital. Mi Instagram abandonado no demuestra que nunca me interesaron las imágenes. Mis 5,999 publicaciones dicen lo contrario. Sólo demuestra que una práctica puede terminar antes de que desaparezca su archivo.

5. Borrar la aplicación no reemplaza lo que hacía por ti

La investigación sobre abandono de redes muestra que salir puede traer alivio, más atención y relaciones más concentradas, pero también pérdida de información, contactos, oportunidades y pertenencia. Volver no siempre demuestra falta de disciplina. A veces revela que una función importante quedó sin sustituto.

La plataforma empaqueta demasiadas cosas en una sola interfaz: conversación, memoria, descubrimiento, reputación y acceso. Por eso borrar la aplicación es una intervención de acceso, no necesariamente una arquitectura de salida.

Antes de irse habría que preguntar:

No todas las respuestas justifican quedarse. Pero sin hacer la distinción, uno puede confundir la retirada del feed con la pérdida de una herramienta útil.

También habría que aceptar que no todos pueden pagar el mismo costo de salida. Alguien puede depender de una plataforma para encontrar trabajo, coordinar cuidados, recibir información de seguridad o sostener una comunidad. La desconexión puede ser una decisión de bienestar para una persona y una pérdida de infraestructura para otra.

6. Mi raya no está entre internet y la vida real

No puedo presentar mi experiencia como una conversión: antes estaba atrapado y ahora soy libre. Sigo teniendo cuentas, sigo leyendo y sigo entrando a X. Lo que sí puedo hacer es reconocer que no todas las plataformas merecen el mismo acceso a mi atención.

La raya que intento pintar no separa internet de la vida real. Separa una herramienta que consulto de un sistema que puede quedarse con cualquier minuto que no haya defendido.

Por eso no activé Threads. Por eso Instagram y Flickr quedaron abandonados. Por eso Facebook puede existir como parte de mi historia digital sin tener derecho a organizar mis tardes. Y por eso X requiere una vigilancia distinta: no sólo la de los temas que quiero seguir, sino la de mi propia forma de seguirlos.

La pregunta no es «¿qué red debo borrar?». Es «¿qué función quiero conservar y qué mecanismo ya no estoy dispuesto a aceptar para conservarla?»

El verdadero opuesto de FOMO quizá no sea JOMO. Es la sustituibilidad: poder perder el feed sin perder las relaciones, la información y las oportunidades que hacen falta para vivir.

No necesito dejar internet. Necesito que una sola pantalla no sea la puerta de entrada a todo lo que me importa.

Notas y fuentes

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