Gonzalo Hernández Araujo · Notas e investigaciones

Por Gonzalo Hernández Araujo

El «ya que estás» necesitaba un nombre. Le inventé uno en tres idiomas

Hay fricciones del oficio que todo mundo conoce y casi nadie nombra. La llamadita de cinco minutos que dura una hora. El «ya que estás…» que llega cuando el proyecto ya tiene precio. Las vivimos cada semana y, cuando queremos hablar de ellas, terminamos usando palabras de contrato o de queja.

A principios de octubre, en una de esas sesiones en las que le pido a una IA que proponga algo con el contexto que tiene, salió un juego: un diccionario de palabras inventadas para esas sensaciones que no tenían nombre. Ocho palabras, cada una con su etimología de fantasía, su ejemplo y una palabra propia en francés y otra en inglés. Al día siguiente las volví a leer. Seis se quedaron en el juguete. Dos me siguieron haciendo gracia, y no por casualidad: las dos nombran fricciones de alcance y de tiempo con clientes.


Yaquestazo

ya·ques·ta·zo (s. m.). Contracción de ya que estás + -azo.

Solicitud añadida con un «ya que estás…» que duplica el alcance sin tocar el precio.

Iba a ser una landing; tres yaquestazos después era un sitio con blog.

En francés es le pendant-que-tu-y-esisme: la expresión pendant que tu y es («ya que estás en eso») elevada a doctrina. En inglés, whilstcreep: alcance que se cuela por la puerta de «mientras tanto».

Cincominutal

cin·co·mi·nu·tal (adj. y s. m.). De cinco y minuto; unidad de medida elástica, a la manera del «ratito».

Duración real de una «llamadita de cinco minutos»: entre 47 y 90 minutos, según el tráfico emocional.

Me agendó un cincominutal a las seis y salí a cenar a las ocho.

En francés es l'élastifil, el coup de fil (la llamada) que se estira hasta tocar la cena. En inglés, quickhour: una hora completa que se presentó como rápida.

No son traducciones

Lo que más me gustó del ejercicio no fueron las palabras sino cómo cada idioma las armó por su lado. El español se apoya en los sufijos: -azo es golpe y a la vez tiene algo de cariño, como un manotazo entre amigos. El francés da los mejores chistes porque tiene fórmulas fijas que se pueden torcer. El inglés funciona por compuestos, pegando dos palabras hasta que suenan a una.

Por eso whilstcreep no es la traducción de yaquestazo. Si lo fuera, habría que preguntar lo mismo que pregunté cuando cuestioné el refrán de que traducir es traicionar: ¿fiel a qué? Aquí la respuesta es fácil. A la escena, no a las palabras. Cada idioma ve el mismo momento desde otro lado: el español ve el golpe, el francés ve la frase hecha que ya todos dijimos alguna vez, el inglés ve algo que se va colando. Es lo mismo que me pasó cuando recordé el mismo café en París en dos idiomas y salieron dos versiones honestas del mismo recuerdo.

Hay un detalle curioso. El inglés ya tenía un término serio para el yaquestazo: scope creep, el alcance que crece sin que nadie lo haya aprobado. En español tenemos «ampliar el alcance», que suena a cláusula. Ninguno de los dos se dice con una sonrisa.

Ponerle nombre a algo lo vuelve conversable

Ahí está, creo, lo único útil de este juego. «Eso es un yaquestazo» se puede decir en una llamada sin que suene a reclamo. «Eso amplía el alcance del proyecto» se dice igual de rápido, pero cambia la temperatura de la conversación. Una palabra inventada, si las dos partes la entienden, abre un espacio para reírse del problema antes de discutirlo.

Pero la palabra no resuelve nada por sí sola. El yaquestazo se ataja con un alcance escrito y un contrato que diga qué entra y qué no; sin eso, cualquier petición nueva parece parte del servicio. El cincominutal se ataja con una agenda y una hora de salida. El nombre sólo sirve para señalar el momento en que hace falta sacar el contrato o mirar el reloj.

Si tienes una fricción de tu oficio que no tiene nombre, invéntaselo. Si te sale en dos idiomas, mejor: cada uno te va a mostrar un lado distinto del mismo problema.


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